Gracias a todos y sigan leyendo, recién me estoy poniendo a tono con el asunto del blog. Ya les responderé e iré agregando más cosas, como las direcciones de sus blogs.
Un abrazo!
Inés.
Julio 2006
Julio 28, 2006
Julio 26, 2006
Aquel viaje a Perú resultó accidentado desde la conformación del grupo. Y todo por un trío de señoras que se habían propuesto protestar, cuestionar todo y hacer sentir incómodos a cuantos les salían a tiro. A veces los argentinos tenemos ciertos modos altisonantes y pretenciosos, sobre todo cuando estamos fuera de nuestro país. ¿Señora, nadie le dijo que usted no es de la realeza?
El punto es que las veníamos soportando todo el viaje hasta la selva. Y no va que el chamán que estaba pactado para la sesión nocturna de ayahuasca no quería venir. Vaya a saber por qué ¿Las había presentido?
Desesperación de la coordinadora del grupo. Viajar tan lejos, con semejante equipaje y que nos falle el brujo. Le suplicó al guía que hiciera todo lo posible por traerlo y el buen hombre marchó a buscarlo.
Julio 26, 2006

Las clases de espiritualidad constan siempre de una disertación sobre algún tema puntual y un trabajo práctico.
En esta ocasión se trataba de un ejercicio de relajación y visualización, lo cual generalmente suelo llevar preparado de antemano. Ocasionalmente trabajo sobre ¨algo¨ que me inspira en el momento y dejo que todo se desarrolle sobre la marcha.
En el salón a oscuras los alumnos ya habían relajado, así que comienzo yo mi historia. Los llevo a todos juntos de viaje, nos sumergimos en el mar y caminamos sobre la arena del fondo. En determinado momento se acercan a nosotros caballitos de mar (símbolos del amor fiel) que nos rodean trazando círculos a nuestro alrededor. Estos caballitos son celestes y rosas, energías de protección, calidez, afecto. Dejamos que nos inunden de estos sentimientos, los disfrutamos. Luego de un buen rato emprendemos el camino de regreso y volvemos al estado conciente.
Una alumna se ríe cómplice. Nos dice: No lo van a creer pero les tengo que mostrar a todos algo.
Como un mago que saca de su galera un conejo ella saca de su bolso un pañuelo de seda y lo despliega.
Estampados están rosas y celestes los caballitos de mar.
Julio 26, 2006
La señora viene a consultar el Tarot y es ya mayor. Viene solita a explorar su futuro y yo me pregunto internamente si a su edad yo ya no tendría más respuestas que preguntas.
Como siempre dispongo las cartas sin hacer averiguaciones y comienzo a contar una historia en relación a los símbolos. Como siempre me divido en dos. Una mitad se pregunta internamente si no está hablando de más. La otra mitad habla sin pensar lo que dice, dejando que todo fluya.
Generalmente una tirada de Tarot da referencia de situaciones que se viven en el término de tres meses a un año, pero la historia que se deshilvana enfrente de mí es de años. Y es más o menos así.
La señora había tenido una pareja que ya no estaba presente pero que no fue un buen compañero y con el cual vivió en un permanente maltrato. Lamentablemente la única hija había heredado el temperamento y la disposición del padre, con lo cual repetía con ella la misma historia. Yo le digo: ¡Pero ahora hay un compañero! Y se viene una fiesta importante rodeada de mucha gente y de mucho cariño.
Ella se sonríe como una jovencita de diecisiete a la que le descubrieron el secreto y me termina la historia completando los espacios en blanco. Después de muchos años un ex – compañero de su trabajo, viudo también se había animado a decirle lo que sentía por ella y que había callado tantos años dada su condición de mujer casada (otra época, otros códigos). Se preparaban para pasar juntos las fiestas, junto a la familia de él. Ella sin más descendencia que su hija hubiese terminado sus días sola. Él aportaba nietos y bisnietos, una mesa grande rodeada de chiquitos que ya le dicen abuela.
¿Vió señora como la vida compensa?
Julio 26, 2006
Si bien tuve pocos encuentros con ella en mi vida, mi abuela Eugenia tenía una profunda presencia en mi persona como en todos los demás primos. Era una viejita ya encorvada, muy callada, casi no hablaba. La recuerdo silbando rumbo a los corrales acarreando dos pesados baldes con la comida para los chanchos.
La ilusión de mis quince años no fue la gran fiesta. Yo quería el viaje, volver al campo, ver a mi abuela, comer pasteles. Me había hecho mi propio vestidito blanco, sencillito, una telita estampada con hojitas de todos colores. Me iban a hacer una cena con el tradicional bizcochuelo bañado de blanco. Estaba bueno pasar la nochebuena en el campo.
Pero aquel día me levanté especialmente triste. A la tarde la tristeza se hizo más profunda, más solitaria. Me inundaba y no podía saber por qué. Me brotaba del pecho y se desparramaba hacia todo el cuerpo. Al llegar la noche el sentimiento seguía ahí, pero igualmente me calcé el vestido y me fui al comedor con la mejor intención de pasarla bien.
Fue cuando me sentaron a la abuela delante que lo supe. Le vi los ojitos celeste cielo y lo supe. Rompí a llorar sin poder contenerme, y no se cuando, si antes de ese llanto o entonces pero ella también lo supo.
Todos vinieron a preguntarme que me pasaba y yo les dije que no sabía. Ella no pasó muy bien esa noche y a la mañana siguiente todos me lo recriminaron. Ella no dijo nada.
Cuando estábamos por volvernos del viaje me llamó en privado a su habitación. En sus manos había un par de aros de oro, como dos gotas de lágrimas. Los quise rechazar pero insistió. No me dijo nada pero recuerdo muy bien su rostro en ese momento. Se le mezclaban a la viejita los sentimientos y me los mostraba todos.
Mamá tuvo que volver a Entre Ríos a los pocos meses porque la abuela se enfermó. Nunca más se levantó. La internaron e intentaron animarla para que volviera a su casa. Entonces habló.
Le dijo al hijo que la cuidaba que ya era su hora, lo sabía y se tenía que ir. Le enumeró las cosas que quedaban pendientes en la chacra para que se ocupara. Que no se olvidara de la chancha que iba parir.
Esa noche partió.
¿Los aros? Se los llevó una de las tantas crisis económicas a las que nos tiene tan acostumbrados este país. Pero el recuerdo de mi abuela sigue aquí.
Julio 26, 2006
Nunca fui muy afecta a contar demasiado sobre las experiencias que tuve con plantas enteógenas. Quizás son prejuicios, pero considero bueno al menos comentar estos puntos de vista personales.
En primer lugar, reconozco que todos somos seres muy susceptibles a la sugestión, mucho más de lo que muchas veces nos atrevemos a aceptar, por lo tanto el temor es simple, que mi relato condicione tu experiencia.
En segundo lugar aunque no menos importante, estas experiencias son y deben ser dirigidas por personas profusamente preparadas, es decir los chamanes, que han dedicado muchísimos años no sólo a aprender el método para hacer el preparado que se te convida, sino más importante aún, ver qué aspectos de tu persona necesitan curación. El chiste es que muchas veces uno tiene que curar y armonizar cuestiones acerca de las cuales no tiene ni la más remota idea. El otro chiste es que a veces los chamanes apenas te dan indicios de lo que hay que cambiar y uno se da cuenta mucho tiempo después qué fue lo que se trabajó y cuáles fueron los cambios que se produjeron.
En tercer lugar todas las experiencias no son iguales. En una misma sesión una persona tuvo una experiencia reveladora y abundante en visiones, otra se descompuso y a una tercera no le pasó absolutamente nada salvo pasar una noche a la intemperie. Si no sabemos esto y si falta un poco de compromiso de nuestra parte podemos hacer fracasar nuestra experiencia.
Lo mas bonito de la vida son los caminos que se abren a nuestros pies sin haberlos siquiera imaginado. También es muy bonito cuando todo parece complotar para que una experiencia llegue a tu vida, aún cuando este todo puedan ser fracasos o desengaños. No deberíamos renegar de los que nos pasa.
En definitiva, el viaje se resolvió en un momento para el cual no se había planeado. Yo estaba sentada frente a la hoguera en una playa junto al río, contemplando el fuego y tratando de meditar sobre las razones que me habían embarcado en esa experiencia. Era muy conciente que tenía prejuicios sobre el consumo de enteógenos porque jamás había probado ninguna droga y hasta donde sabía en ese momento la planta no dejaba de ser un alucinógeno.
A mis espaldas todos hablaban, y en la selva que estaba tan silenciosa las voces parecían retumbar cargadas de nerviosismo, expectativa y miedo.
El chamán de turno llegó por el río. La luz de su canoa fue una estrella navegado sobre una cinta negra. Luego fue un hombre parado sobre la arena sin que se le viera el rostro de lo cetrino de la piel y lo oscura de la noche. Comenzó a presentarse y a relatar la historia de su trabajo que incluía un período dentro de la Magia negra y un posterior arrepentimiento.
El grupo se movió inquieto en sus lugares, lo del arrepentimiento no tranquilizaba mucho a nadie.
Se nos dijo que antes de beber la planta pensáramos en algo que deseáramos pedirle saber. Por raro que parezca nunca se qué pedir y en aquella oportunidad fue así.
Por más que rebusqué y rebusqué en mi interior no se me ocurrió nada, así que finalmente decidí dejar que me enseñara o dijera lo que quisiera.
Y nos sentamos a esperar el efecto.
Nada.
Algunos reían, tal vez demasiado, o le estaban faltando el respeto a la experiencia o la planta los había cogido por ese lado. El brujo decidió dejarnos hacer. Seguramente estábamos demasiado ansiosos y la planta no podía actuar bien.
Con una amiga nos fuimos a la tienda y nos recostamos, estuvimos hablando de cosas sin importancia y no se cual de las dos dijo: ¿Vos estás viendo lo que yo?
Imágenes caleidoscópicas se superponían a lo que veían nuestras retinas. Nos levantamos y volvimos al lado del chamán. Algunos ya estaban. Otros se quedaron en sus tiendas, charlando o durmiendo.
¿Qué fue lo fantástico de la experiencia? Las imágenes, los icaros, la selva. Las imágenes mostraban la selva y el río. El agua inundaba la tierra al retirarse todo estallaba en plenitud. Luego la vegetación se marchitaba y el proceso empezaba otra vez. ¿Hablaba de ciclos?
Entonces pasó. Después de años de meditación me hundí dentro de mi misma como nunca antes lo había podido hacer. Había un nivel más profundo por alcanzar y la planta lo mostró en ese mismo momento. ¿Te lo puedo transferir? Lamentablemente no. Esto es lo inefable en toda experiencia espiritual, lo que no se puede narrar, lo que no se puede describir con palabras.
Julio 26, 2006
Mi abuelo paterno tenía un talento espectacular para el chiste oportuno, la observación irónica y la picardía. Y era el de los cuentos de aparecidos.
Este es el que más me gusta, y es verídico.
Victoria en la Provincia de Entre Ríos es una bella ciudad que hoy es conocida por los investigadores del fenómeno OVNI por su pródiga casuística. La entrada al pueblo es muy bonita, las estribaciones de las cuchillas de Montiel hacen que el camino parezca una auténtica montaña rusa.
En un monte cercano, alguien abrió un camino separando la arboleda.
En la ciudad, que en aquellos años era mas bien pueblo, empezó a correr el comentario de que varios vecinos se habían encontrado con un hombre que montado en un burro cruzaba el camino. Nadie lo conocía, no se sabía de donde venía ni hacia donde iba, y tampoco lo averiguaron por más que intentaron seguirlo porque los que se atrevieron a hacerlo terminaron locos o muertos.
En el Almacén de Ramos Generales y Pulpería, era muy común el truco, la caña y la ginebra, los cuentos y los desafíos. El comisario, como la ciudad era muy tranquila y como era costumbre solía tomarse allí su medida de caña todos los días. El tema surgió entre los presentes, mitad desafío, mitad reclamo hacia la autoridad. El comisario entendió el mensaje y les dijo a todos que él lo iba a detener. Montó su caballo y salió al encuentro del hombre misterioso.
Lo encontraron al día siguiente tirado en el camino, inconsciente y con la ropa hecha jirones.
Cuando finalmente pudieron reanimarlo el buen hombre sólo balbuceaba. Hacía desesperados intentos para comunicarse pero sólo salían de su boca palabras sin sentido.
Fue trasladado a Rosario del Tala para tratamiento, hasta que pudo recuperarse y volver a Victoria.
Cuando le preguntaban por lo que había pasado en aquel encuentro siempre contaba lo mismo:
Lo espero junto al camino un buen tiempo, pero como todos los días el hombre montado en su burro apareció y venía hacia él. Por tres veces le dio la vos de: ¨Alto quien vive¨, pero aquel extraño hombre ni se inmutó. Sacó el revolver y le vació el tambor. Luego, decidido, desenvainó su facón y arremetió contra su oponente. El cuchillo largo se hundió con el mismo sonido que si hubiese atravesado un cuero seco. Aquel aparecido, o el diablo mismo, sonaba a hueco.
Volvió a la carga repetidas veces, tanto sobre el hombre como sobre el burro, y por más que apuñaló aquí y allá no logró nada y finalmente él mismo cayó sobre el camino exhausto.
En ese momento, mientras él estaba tendido en el suelo, el dueño del burro desmontó y se acercó para decirle algo al oído.
Nunca nadie pudo saber qué fue lo que aquella aparición le dijo al comisario, porque cada vez que lo quería contar, sólo podía balbucear.
Julio 26, 2006
El bisabuelo Melchor no dejó mucha huella en este mundo porque siempre se habló muy poco de él en la familia. Sólo mi padre lo menciona. La foto lo muestra no muy alto, muy delgado, quemado por el sol, el pelo ya muy blanco, las orejas en pantalla que afortunadamente no heredó nadie. Lamentablemente nadie heredó su talento, que es la única anécdota que tengo de él. Dicen que curaba al ganado abichado. Lo iban a buscar y se lo llevaban adonde estuviera la hacienda enferma. El viejo se paraba mirando el ganado, rezaba vaya a saber qué oración y enseguida se escuchaba. Plop, plop, plop. Los gusanos cayendo muertos en el suelo.
La abuela Eugenia curó a muchas personas a fuerza de obligación. Viuda dos veces, catorce hijos, en medio del campo, aprendió necesariamente fitoterapia, a medir el empacho y quién sabe cuántas cosas más. Era menudita, de unos increíbles ojos celestes. Su anécdota fue la vez que le trajeron un chiquito algo grandecito ya desahuciado por el médico en trance de muerte. Mi abuela según me cuentan lo que hizo fue colocar hojas de repollo caliente en el pecho, soplar su aliento sobre la boca del pequeño y arroparlo con una manta, se lo acomodó en el regazo y durante mucho tiempo, tal vez horas no dejó de mecerlo cantándole canciones de cuna.
El chiquito se sanó.
Julio 26, 2006
Maestro Lin solía tener cerca suyo algún paisano que lo acompañaba en diversas diligencias. Ocasionalmente alguno de estos se sentaban y miraban nuestras prácticas. Nosotros, jóvenes y entusiastas lo mirábamos pensando que podría ser un ¨tapado¨, un maestro de kung fu que no se quería mostrar como tal en un lugar que no era el suyo. Con el tiempo aprenderíamos que éste no suele ser el temperamento de los maestros chinos. Suelen tener un temperamento fuerte, combativo, un ego bien desarrollado que les impide pasar desapercibidos. El andar de estas personas suele ser elástico y marcial y los gestos ampulosos.
A Chang lo fuimos conociendo de a poco. Era un chino de mediana estatura, muy delgado, muy reservado, con un ojito levemente desviado.
El maestro nos lo presentó como un Gran Maestro (siempre era muy generoso con sus paisanos), y los muchachos empezaron a entusiasmarse hambrientos de técnicas nuevas.
Chang hizo caso omiso a las invitaciones que se le hicieron para que mostrara algo de su estilo, se escudó detrás de su idioma y no reveló nada en forma inmediata. Lo fuimos conociendo de a poco.
Parte de nuestra práctica cotidiana consistía en peleas de contacto pleno. Un par peleaba, otros miraban, muy raramente nos lastimábamos pero en aquella oportunidad un contrincante tuvo mucha suerte y supo poner un muy buen golpe recto al mentón. El que tuvo mala suerte calló cuan largo era y no lo podíamos despertar. Chang se acercó tan silencioso como era y sentó al desmayado en el suelo. Otros dos compañeros lo sostuvieron. Chang se alejó un poco, arrodillado atrás del muchacho. Su mano dibujó un círculo a la altura de su oreja y se proyectó como una víbora en ataque. Su dedo índice tocó un punto, uno sólo en la espalda del que estaba inconsciente y éste pegó un salto en el suelo y abrió los ojos súbitamente. Chang le había devuelto la conciencia de la misma manera como yo enciendo mi televisión.
Pasó un tiempo y me tocó a mi. En una práctica contra la bolsa me había entusiasmado tanto que terminé por lastimarme. Mi pie derecho primero se hinchó al doble de su tamaño, luego se puso azul y después aunque el hematoma se fue con baños de agua y sal me dolía cuando lo apoyaba y prácticamente no podía practicar. No hizo falta que le pidiera ayuda, él se ofreció.
Su mano derecha describió una serie de círculos y arabescos en el aire y se proyectó contra mi pie desnudo. Su dedo subía y bajaba como el de un mal mecanógrafo, yo veía estrellas pero confiaba. No tardó mucho y al día siguiente mi pie estaba casi perfecto.
En cuanto tuve a tiro al maestro le pregunté por la insólita digitopuntura de Chang y fue generoso con su explicación. Me contó que en Taiwan el taoismo había desarrollado una modalidad de espiritismo. Algunas personas dotadas en determinadas ceremonias incorporaban espíritus y ese fue el camino de mi extraño médico. Fue a raíz de estas prácticas que Chang enloqueció temporalmente y con el tratamiento adecuado pudo salir adelante. De su capacidad/incapacidad devino el insólito método de curación porque si bien le estaba prohibido incorporar podía ver el camino de la energía en el cuerpo y los lugares de bloqueo. Sí, los meridianos y la energía fluyendo a través de ellos se pueden llegar a ver. Chang lo hacía.
Julio 26, 2006
Mi maestro de Kung Fu se llama Lin y es un Gran Maestro. Él lo sabe y le juega en contra. Nosotros no lo sabemos y también nos juega en contra. Ha sido Taoista desde la infancia, luego por decisión personal cambiará al Budismo Chan. Igualmente en China el sincretismo es tan profundo que muchas veces no hay mayor división entre una religión y otra.
Nosotros somos un grupo heterogéneo de muchachos y una que otra chica que lo siguen a morir. Si a morir en el rigor de los ejercicios porque nos damos duro. Vuelvo a casa con moretones en el cuerpo que asustan, se forman en las pantorrillas tolondrones cuando los golpes se repiten en el mismo lugar y no se curan bien. De tanto en tanto alguno queda rengo, pero nunca faltamos a practicar. El problema se presenta porque nos quiere hacer meditar.
Estamos en lo mejor de la clase, entretenidos con la práctica, el cuerpo caliente y de golpe nos hace sentar en el piso, las piernas cruzadas, las manos en el regazo y a meditar se ha dicho.
Lo miramos con fastidio, pero no protestamos, con su carácter la represalia podría ser terrible.
Él no explica mucho. Las explicaciones largas las deja para las señoras a las que les enseña Tai-Chi. Nosotros, en cambio, somos una mezcla rara de hijos y de soldados. Las explicaciones están de más.
-Lengua contra paladar. No toca dientes. Donde lengua hace rosquillita. Toma aire por nariz y exhala por nariz. Energía entra, baja por delante meridiano Pa mai. Concentra en Tan-Tien, dos dedos y medio debajo del ombligo, saca panza, energía sigue. Contrae cola. Energía sube por espalda, meridiano Lu mai. Sigue por cabeza y sale por nariz.
Nada más.
No sé porqué lo estoy haciendo, sólo sé que al igual que mis hermanos de práctica desearía levantarme e irme.
-Siente energía, calorcito.
Yo sólo siento el frío porque es invierno y estamos transpirados y de golpe está allí. La energía. No, eso vino mucho después. De pronto está allí el infierno personal. Inesperadamente se me ha revuelto el avispero y me llueven los conflictos internos, todos juntos y en patota. Como una manada de caballos salvajes galopan por mi campo emocional todas mis penas pasadas y presentes. ¿Lloro? No, yo soy kunfuteca, un kunfuteca aguanta, a veces.
Entonces no lo sabía, lo aprendí después. Lo primero que se siente al comenzar una práctica de meditación es ese revoltijo interno. Los maestros de meditación lo llaman enrollar la estera.
Es el momento en el que se inicia decide si enrolla su estera y se va o sigue.
Yo sigo. Maestro vigila.
Julio 26, 2006
La selva rodea al grupo que avanza por el sendero. Yo la pensaba distinta y me sorprende. Respira, respira verde. Nos envuelve como un gran útero verde. Verde el piso, las paredes y el techo. Los animales no se ven, se escuchan o se intuyen.
Estoy con un grupo que hace experiencias con Ayahuasca en medio de la Selva Peruana. La mayoría somos mujeres de distintas edades y con distintas vivencias dentro de lo espiritual. ¿Voy a describir ahora la experiencia con la soga de los muertos? No. Te voy a contar una historia más pequeña.
Ana María (el nombre es falso) resopló durante todo el viaje su cansancio y sus años. Entrada en carnes avanza bajo el calor apremiante pero no imposible cargada con un enorme bolso de cuero que bien podría haber dejado en el hospedaje y que lleva siempre a todas partes. Yo viajo liviana porque tengo algo de experiencia. Es una pequeña caminata de un par de horas de ida y otras tantas de vuelta luego de un descanso en un lugar de recreo. Mi mochilita sólo tiene tres cosas: una botellita de agua mineral, papel higiénico y un Mickey Mouse estampado.
Ana María comienza a retrasarse en la columna y pronto está cerca. Y empiezo a rezongar conmigo pero ya lo estoy diciendo:
-Ana María ¿No querés que te lleve el Bolso?
El calor ya la ha vencido, por eso se separa de lo inseparable y me entrega la carga. Y la carga pesa como una tonelada. Me falta una hora para llegar al lugar a donde vamos y desgrano hipótesis acerca de cuántas y qué tipo de cosas puede llevar en esa cartera. Imagino un termo enorme y un mate como para veinte personas pero igual no alcanza.
No te puedo describir el alivio que sentí al llegar al recreo, y el mismo alivio sienten todos que se desploman en los bancos y se beben de un trago su jugo de naranja.
Y es precisamente un hombre del grupo que irrumpe con un interrogante trivial pero que resultará revelador y lo dirige al guía peruano.
-¿Sabés el nombre de esta flor?
Entre su dedo pulgar e índice sujeta una pequeñísima flor amarillo verdosa. Vaya a saber porqué le llamó la atención.
El guía ya nos ha deleitado desde hace día con una excelente oratoria y un conocimiento de años de preparación. Brillante. Tal vez por no opacar lo que fue su impecable trabajo hasta el momento es que responde:
-No te lo puedo decir sin una lupa.
Una lupa enorme como un plato de té aparece como salida de la nada de la mano de Ana Maria. Todos la miran asombrados. Yo y el guía la miramos furiosos.
No recuerdo cuál fue la respuesta final del guía, ni tampoco si volví cargando aquel bolso, pero si recuerdo que del mismo saldrían en otras circunstancias un martillo, una pinza y no sé cuántas herramientas más. El marido ya fallecido había sido cerrajero y ella nunca pudo dejarlo ir.
Amor, locura, apego. Una mezcla de todo. ¿Fue en busca de la Ayahuasca para reencontrarse a través de esa otra realidad con él o para de una vez por todas dejarlo ir? No lo sé, y esa fue en realidad su experiencia y no la mía.
MI experiencia fue reconocer que todos de algún modo arrastramos ese bolso pesado y grandote, lleno del pasado, lleno de cosas que tal vez ya no necesitamos, que ya no son imprescindibles para que sigamos viviendo, lleno de cosas que deberíamos dejar ir para que la vida no nos pese tanto. Si, no lo sabemos pero todos en ¨El Viaje¨ llevamos un bolso pesado y grandote.
Julio 26, 2006
Impulso. Llamado. Karma. Curiosidad. Devoción. Conflicto. Sincronicidad. Son solamente algunos de los imponderables que pueden empujar a una persona hacia una búsqueda de su desarrollo o enriquecimiento interior. Todos los caminos se abren como un abanico que converge en un solo punto. A veces es una búsqueda a conciencia pero incluso en tal situación siempre hay algún encuentro o descubrimiento inesperado que lo dispara a uno hacia una nueva dimensión de su potencialidad, muchas veces insospechada.
Si, es cierto, el viaje es hacia adentro y cuando se ha aprendido una que otra lección descubrimos que la vivencia cotidiana y aparentemente intrascendente tiene mucho que ver con nuestra búsqueda. Luego descubrimos que nuestro pasado estuvo complotado con el trabajo que desarrollamos en el presente y que en este presente están las semillas del futuro que tanto nos preocupa siempre.
La pulsión es constante y permanente en todos nosotros. Aún cuando algunos parecen paralizados en un punto de su desarrollo, esa parálisis es necesaria, no importa cuánto les demande. Esto no es trabajo de una vida solamente, sino de muchas. Paciencia, todo es a su tiempo y cuando debe ser.