Octubre 2006


Maestro Lin lo intentó muchas veces con algunos de sus discípulos y siempre fracasó. Pertenecíamos al grupo de practicantes más salvajes, aunque disciplinados, más críticos aunque ortodoxos y formábamos dentro de la Escuela nuestro propio Clan de avanzados los cuales nos reuníamos con cualquier pretexto y discutíamos sus enseñanzas y desarrollábamos entre nosotros el perfeccionamiento de técnicas y contra técnicas.
Nosotros preferíamos el arte de la lucha, pero el Maestro de una forma u otra nos arrastraba hacia el punto de conflicto permanente. El desarrollo de la energía interna y su manifestación externa. El Maestro Lin estaba desarrollando su Chi Kung y quería que todos participáramos de su entusiasmo.
La movilización de la energía interna, el Chi, dentro del cuerpo puede tener alguna manifestación externa. Lo primero que la gente que practica Taichi o Chikung es en su mayoría una agradable sensación de calor, aunque por el contrario algunas pocas perciben una sensación de frío, particularmente en palmas y plantas de pies y progresivamente en el resto del cuerpo. También suele experimentarse en las yemas de los dedos de manos un hormigueo o más exactamente como si diminutos alfileres los punzaran.
Ante algunos ejercicios o durante la práctica de meditación, la persona puede sentir algún leve movimiento, generalmente en olas circulares que obliga a algún balanceo de brazos o del tronco, pero generalmente nada más. A este fenómeno de sentir el movimiento de la energía se denomina Don Chu.
Pero en estados más avanzados de prácticas o en individuos más predispuestos hay niveles más espectaculares de manifestación.
Maestro Lin gustaba de sentar a uno de sus practicantes más permeables en un banco mientras a una distancia de metro y medio irradiaba su Chi Kung con sus manos alrededor del cuerpo del alumno. Generalmente este comenzaba a mover incontroladamente las piernas primero para luego sacudir todo el cuerpo como en un ataque epiléptico.
Otra de sus demostraciones consistía en poner a varias personas en hilera y colocarse el frente a la fila con los brazos extendidos. Al irradiar su energía generalmente el último de la fila comenzaba con las sacudidas.
Ante todas estas experiencias el Maestro miraba a nuestro grupo con cara de desaprobación y desaliento ya que evitábamos prestarnos para las mismas.
De tanto en tanto nos tomaba desprevenidos y nos asaltaba con su transmisión energética para, luego de varios intentos, retirarse refunfuñando vaya a saber qué en su idioma,
-Usted qué siente.
-Nada Maestro.
-Y usted porque no tiembla.
-Porque no tengo frío Maestro.
No éramos irreverentes. Eramos fatalmente sinceros. Discutíamos si aquello que presenciábamos en otros compañeros era real. Podía ser verdad, pero también podía ser sugestión, o deseos de figurar o de congraciarse de algún modo con el Maestro.
No conformes con nuestras disquisiciones inquiríamos a los protagonistas quienes describían percibir como pequeñas explosiones de energía dentro de su cuerpo que detonaban en forma sucesiva y poderosa obligando a los movimientos involuntarios.
Pasaron muchos años antes que yo sintiera algo similar y que respondiera a mis preguntas. Sentada en meditación frente a una alumna súbitamente mis brazos se levantaron desde mi regazo hasta la altura de los hombros y como el ámbito estaba en penumbras pude ver una luminosidad que acompaño al movimiento. El mismo fue no sólo involuntario, sino que también fue acompañado de una sensación de fuerza en aquel desplazamiento ascendente.

No es mío, lo leí hace mucho en no se cual revista y no recuerdo tampoco si tenía autor. Pero decía mas o menos así.

Los inmortales en China se llaman Hsien. Son dioses u hombres que han alcanzado ese rango luego de un gran esfuerzo o una gran victoria y realizan proezas gracias a sus poderes mágicos. Vesti
dos de un blanco inmaculado pueden hacer hazañas impresionantes pero la que más llama la atención de los hombres ordinarios es su capacidad de volar, lo cual hacen en ocasiones sobre dragones, aves fénix, nubes pero también lo logran sin ayuda externa.
Chang amaba las historias sobre los inmortales y sus hazañas. Creía en la veracidad de su existencia y quería llegar algún día a ser uno de ellos. Chang era un pobre campesino de pocas luces y por eso los demás solían reírse de él.
Decidido a demostrarle a los demás que aquellas historias eran ciertas y determinado a alcanzar su propósito, Chang abandonó su aldea para intentar encontrar un maestro que le ayudara a convertirse en inmortal.
Así, anduvo pueblo tras pueblo, pero ante su inquietud, sólo cosechaba risas y desprecio.
Después de mucho andar tuvo el infortunio de llegar a una granja que pertenecía a una taimada mujer llamada por todos La Zorra, conocida en la región por numerosas fechorías llevadas a cabo junto con su marido.
Cuando Chang llegó preguntando si conocían a alguien que le pudiera enseñar a ser inmortal a La Zorra se le ocurrió la aviesa idea de sacar algún partido de aquella situación.
-Sí, por supuesto, yo puedo convertirte en inmortal pero por algún tiempo tendrás que ponerte en cuerpo y alma a mi servicio.
Chang asintió y de ese modo se convirtió en menos que un esclavo porque La Zorra aprovechó la situación  para que él solito realizara todas las tareas de la granja.
-Chang, repara esa cerca.
-Chang arregla el techo de mi casa.
-Chang junta leña para todo el invierno.
-Chang construye un nuevo pozo para el agua.
Chang trabajaba todo el día y apenas si dormía o comía. Pero Chang no era tan tonto como parecía, sabía muy bien que todo tenía un precio y un día consideró que la cuenta estaba saldada y que debía reclamar el bien adquirido.
Por más que lo intentó, La Zorra no pudo convencerlo que siguiera trabajando y se dio cuenta que debía deshacerse de él de algún modo porque tampoco se iría sin que lo transformaran en inmortal. Y para eso debía enseñarle a volar…
-Chang. ¿Ves aquel pino, el más alto, el que sobresale por encima de todo los demás? Para convertirte en inmortal debes subirte a lo más alto, pararte, extender tus brazos y lanzarte al espacio y volarás.
Antes que terminara Chang corría hacia el árbol y en unos segundos estaba parado con los brazos extendidos dispuesto a saltar. Abajo La Zorra se reía de su propia astucia y de la forma simple con la que se libraría de aquel tonto.
Pero cuando Chang saltó no se estrelló contra el piso y haciendo arabescos entre las nubes se despidió a los gritos de La Zorra agradeciéndole por su enseñanza.
Abajo La Zorra acababa de comprender que el milagro de la evolución que nos hace comparable a los dioses proviene en realidad de nuestro interior.

Una vez una amiga me dijo, en reiteradas ocasiones, yo no confío en nadie porque no confío en mi misma.  A la tercera vez me di cuenta que no se prolongaría nuestra amistad por mucho tiempo mas. y que la amistad no era tan profunda como yo me suponía.
A raíz de nuestros encontronazos con las distintas situaciones de vida, y a través de golpes y decepciones construimos diversos tipos de armaduras para protegernos y separarnos o aislarnos de lo que creemos nos va a lastimar. Finalmente terminamos tan atrincherados que luego no nos damos cuenta que nos olvidamos de sentir y que por defendernos terminamos atacando, muchas veces sin razón.
Confiar sin embargo es lo que ningún esotérico, místico, brujo, mago, buscador espiritual puede darse el lujo de evitar. Porque confiar no implica entregarse mansamente a la sinrazón del otro. Allí debe actuar el discernimiento y no la desconfianza. Debe primar nuestra razón y sentir, y no nuestros fantasmas internos.
Detrás de esta frase, dicha por costumbre o por convicción, se esconde un terrible enemigo, la inseguridad. La falta de seguridad en mis propias aptitudes, en mi propio potencial no me permitirá ver que tengo todas las posibilidades para desarrollarme sin que el otro pueda impedir mi crecimiento haga lo que haga. Dejarme arrastrar por esta inseguridad interna sólo me arrastrará hacia el camino de la parálisis y de la envidia.
El místico, el buscador de lo inasible, debe confiar. Debe confiar en quien lo está guiando pertenezca al plano que pertenezca, debe confiar en su destino de permanente desarrollo, debe confiar en que sus experiencias son ciertas y no producto de su imaginación ya que no son repetibles ni mensurables y escapan al encuadre del pensamiento científico. y sobre todo debe confiar en la Fuente, Dios, Mente Cósmica, Mente Universal o cualquiera fuese el nombre asignado por nuestra creencia o nuestro conocimiento.
Esa confianza interna es el único faro que realmente alumbra nuestro camino en los momentos más turbulentos de nuestras vidas. Es lo que nos dice al oído que no estamos solos a pesar de que nadie se encuentre a nuestro alrededor. Es lo que nos rescata de las peores catástrofes. Es lo que desanda por nosotros el más intrincado de los laberintos. Es lo que nos dice que hay una vida y a pesar de todo siempre vale la pena vivirla. Es lo que nos dice que no importa hacia donde vayas y que no sepas a donde vas en realidad, siempre hay algún lugar hacia donde llegar.

Erika estaba loca.
Alemana, alta y delgada, con unos grandes ojos detrás de los gruesos vidrios de sus anteojos. La melena carré plagada ya de canas y una dentadura postiza que no se quedaba quieta en su boca. Desgarbada y levemente jorobada no por un defecto físico sino por lo que la vida la había maltratado bastante. De tanto en tanto su demencia hacía eclosión y buscaba simplemente quedarse cerca de alguien que le inspirara protección.
Que Erika estuviese loca no significaba que no fuese inteligente.
Trabajaba como secretaria escribiendo correctísimas cartas en alemán y en inglés. Cartas prolijas y eficientes a las cuales ella misma realizaba las correcciones correspondientes.
¿Qué fue lo que trastornó a esta mujer? Una niñez muy dura en Alemania, en una familia muy estricta, con muy pocas posibilidades de vuelo personal. El desarraigo en un Buenos Aires tan distinto y tan distante tal vez también contribuyó. El desencadenante fue una estafa donde perdió una propiedad y el equilibrio. Quizás algo más pero nunca me lo contó.
Pero Erika me habló de otras cosas mas allá de su locura, de sus internaciones y de sus tratamiento. Compartimos una que otra salida recorriendo librerías de la calle Corrientes, porque amaba los libros de Fromm y trataba de entusiasmarme para que compartiera su predilección.
A mi mas que los libros me interesaba escuchar su vida, su experiencia. Cada ser humano es un mundo por descubrir y que dudosamente quedará registrado en algún lugar. y aunque parezca mentira una pequeña enseñanza valió para mi como oro en aquel momento.
Hablando de melancolía y de tristezas varias me comentó en cierta ocasión que en alemán había una palabra, que lamento no recordar, para describir cierto grado de tristeza, de añoranza, para el cual no había término que se le asimilara en castellano. Quizás, me dijo, el término SEMBLANZA, en portugués se le acercase un poco, pero no significaba lo mismo.
-Para conocer un pueblo, no alcanza con conocer qué comen, cómo viven, en que medio se desarrollan. Hay que saber como piensan y como sienten, y mucho está encerrado dentro de su idioma. Y mucho de eso que está en su lengua resulta intransferible para alguien de afuera. Sólo podemos acercarnos, rozarlos. Si quieres conocer realmente otra cultura, tienes que tratar de ver la realidad como ellos la ven, no como la ves tu.
En su caso la locura no era irracionalidad, sino no poder dominar sus fantasmas internos y en su vida cotidiana siempre ganaban ellos.
 

El lugar al que íbamos se llamaba Pikillaqta y nos llevaron sin describirnos demasiado el periplo quizás para que no desertáramos. Dentro de una vieja combi viajamos apretujados en plena noche por caminos de tierra próximos a precipicios que de sólo intuirlos daba miedo.
Largo el viaje, muy largo e incómodo, pero el lugar al que llegamos finalmente valía eso y más también. La selva se presentaba plena y libre como todos ansiamos vivir nuestras vidas.
Después de llegar al lugar donde pernoctaríamos y de los refrigerios nos presentaron al chamán que trabajaría con nosotros.
Don Alejandro no tenía el aspecto de la mayoría de los brujos sino que se presentaba bajo otra modalidad. No irrumpía en escena como diciendo aquí estoy yo. Tampoco aparecía inesperadamente rodeándose de algún alo misterioso. El simplemente estaba sentado y sonreía ampliamente cada vez que alguien le dirigía algún comentario, para luego hablar poco y en voz muy tenue. Tenía, a mi apreciación, una manera muy oriental de manifestarse.
Con el trabajaríamos a lo largo de varios días de diferentes maneras y esta es una descripción de aquellos trabajos, no tan fiel como desearía, porque el tiempo transcurrido ha desdibujado ya algunos detalles.
La primera jornada nos llevó hasta el río. Recuerdo que íbamos caminando por un sendero hacia nuestro destino. Delante mío el iba abrazado paternalmente a una compañera con la que yo personalmente ya había tenido algún choque, y en aquel momento me asaltó una mezquina curiosidad por saber de qué estaban hablando, así que traté de apresurar el paso para alcanzarlos. Por aquella época yo practicaba asiduamente artes marciales, por lo que mi estado atlético era bastante bueno. Mi presa eran un hombre por encima de los cincuenta años y una mujer con problemas de sobrepeso, por lo cual mi objetivo de acercarme lo suficiente como para alcanzar a escuchar su conversación hubiese sido simple. Pero fue imposible.
Apuré el paso, casi hasta trote, pero no había forma de alcanzarlos. La distancia que nos separaba no menguaba en lo absoluto. Finalmente decidí decistir reconociendo que mi actitud era francamente impertinente y que aquella conversación no era para mi.
Finalmente llegamos a orilla del río que rompía el silencio de la selva con su monótono rugir. Nos paró en hilera sobre las piedras de la orilla, nos pidió que cerráramos nuestros ojos y comenzó una disertación guiándonos en una visualización. Por instantes su voz tenue era sobrepasada por la potencia del agua por lo que me perdía casi por completo su charla.
Opté por cerrar simplemente los ojos y dejar que los sonidos del entorno me inspiraran y pronto me sentí literalmente parada en medio de ese río sintiendo como las corrientes de agua se bifurcaban delante y detrás mío. Sorprendente fue saber que eso fue parte de su práctica.
Finalmente fue el día de ayahuasca. Nos llevó al centro que había preparado para sus trabajos con la planta.
En el medio de la selva había desmontado y construido una serie de cabañas con techo piramidal según imágenes que él mismo había recibido en su uso cotidiano con plantas enteógenas. Próximo al mismo había un jardín donde cultivaba sus plantas medicinales, la liana inclusive, que en aquel momento presentaba sus florcitas celestes, y a las que él le cantaba y rogaba para que creciese con el fin de ayudarle a sanar y cuidar a otros seres humanos.
En una de las cabañas que formaban el complejo construido con sus propias manos y en medio de los relatos de una cosmogonía heredada de sus progenitores realizó en cada uno de los presentes un ritual de purificación.
Al día siguiente trabajaríamos con ayahuasca.
Nos habíamos reunido como es habitual en este tipo de trabajos a la noche, no al aire libre sino bajo techo.
En el medio de la rueda que formábamos sentados en el suelo Don Alejandro extendió su mesa con elementos muy similares a los de otros chamanes como así también otros propios de su personal formación y origen.
Luego de consumida la planta y después de un largo rato en el que cada uno estuvo viviendo su experiencia personal nos fue convocando de a uno para que nos recostáramos sobre una manta extendida delante de él.
Cuando me llegó el turno lo primero que hizo referencia fue a problemas que estaba teniendo con mis períodos menstruales lo cual yo no sólo no había comentado con él sino que tampoco se lo había referido a nadie del grupo.
Desde hacía algún tiempo atrás habían comenzado a ser especialmente dolorosos al punto que tenía que recostarme para lograr algún alivio y por negligencia y falta de tiempo no había consultado todavía a ningún médico.
-Te está pasando que durante tus menstruaciones se genera excesivo calor y eso te está provocando una infección intestinal cuando la temperatura sube.-fueron más o menos sus palabras.
Luego procedió a succionar el mal para desalojarlo de mi cuerpo. Al día siguiente trabajaría exponiendo esa zona de mi abdomen en un chorro de agua proveniente de un sistema de cañas que a manera de tuberías encauzaban una vertiente natural. Todo construido e ideado por él.
Nunca más volví a tener otra molestia de ese tipo al día de la fecha.
De aquella visita traje además de la sanación otros presentes destinados a mi protección. Un palo de chonta (árbol cuya madera es considerada sagrada), un collar de wayrurus (especie de porotos pequeños y colorados signados por propiedades mágicas) y una hoja entregada por él mismo a cada uno de nosotros que aún guardo dentro de mi libro de Baghavad Ghita.
Cuando emprendíamos el regreso y luego de las despedidas de rigor rompí en un llanto que no podía ocultar a los demás. Alguien preocupado me preguntaba la causa del mismo. Yo estaba atrapada de nuevo en una tormenta de intuiciones y sentimientos. Sabía que nunca más volvería a aquel lugar y que no vería más a alguien.
Al poco tiempo, un par de años, Don Alejandro murió. Decidió retornar según me contaron desde Puno a su selva en un camión descubierto y el frío del camino y del altiplano se le metió en el cuerpo y un poder más grande que el suyo se lo llevó.

La señora venía a la consulta de Tarot angustiada y al borde de un ataque de nervios.
En las cartas se desplegaba su tragedia, su circunstancia de vida, y   su vocación eran el ojo del huracán.
Había recibido como herencia de su madre una casona la cual había convertido en una guardería porque su vocación eran los niños. La crisis del 2001 comenzaba a gestarse y los números ya no daban, cada vez había menos chicos, cada vez más difícil pagarle a los maestros, cada vez más perentoria una hipoteca (solicitada para cumplir obligaciones) que caía como un cuchillo sobre todo el panorama.
Las cartas no sólo hablan de la herencia y la vocación de la señora, sino que auguran un futuro prometedor para el negocio a pesar del negro panorama.
Pero la razón y la lógica aconsejan vender. Las cartas no.
-Si usted vende esa casa lo va a lamentar, porque no sólo va a ser deprimente por el negocio perdido sino también porque es la herencia de su mamá. Si espera un poco más pronto se va a dar cuenta que las cosas se revierten a su favor.
Finalmente la señora se va conforme, pero igualmente angustiada.
Y el tiempo pasa. Y solicita una nueva consulta.
Mas que a consultar las cartas viene a confirmarlas.
-Sabés que tuviste toda la razón. Yo asustada por todo lo que se venía decidí finalmente vender. El punto es que muchas guarderías en la zona cerraron y las pocas que decidieron seguir en pie absorbieron a todos los chicos de las demás. Si yo hubiese tenido un poco más de paciencia  el negocio seguiría en pie. Y lo más importante. No hubiese perdido esa casa que era el legado de mi madre y que era tan querida para mi.

Fuimos compañeras de un viaje a TaiWan para un torneo de Kung Fu. Viaje que fue toda una aventura, compartimos habitación y aprendizaje pero no teníamos demasiado en común a mi juicio y pese a la convivencia yo sentía que no terminábamos de sentirnos cómodas la una con la otra. Nunca se lo plante porque una historia de amor se entretejía entre ella y un buen amigo mío en aquel momento. Los dos estaban en ese raro tire y afloje en donde los que se gustan en serio se miden, se buscan, se rechazan, van y vienen hasta que se ponen de acuerdo. Nuestra distancia bien podía ser celos infundados.
Primero fue un lunar debajo de su clavícula derecha que aumentó de tamaño. Consultó al Maestro Lin quien aplicó su terapia tradicional, pero la consulta a los médicos alopaticos reveló el diagnóstico fatal de un melanoma. Y su lucha comenzó.
Se sucedieron cirugías, internaciones, quimioterapia, etc. A través de su novio, estuve al tanto de evoluciones y pormenores, pero al momento en que comenzó a caérsele el cabello se alejó de casi todos y si bien hablábamos de tanto en tanto por teléfono no quería que la viera personalmente. Razonablemente no insistí.
Un día se paró dentro de si misma y pasó a visitarnos a su Maestro de Kung Fu y a mi. El cabello le estaba creciendo de nuevo y cuando tuvimos un tiempo a solas me pidió perdón. Me asombró pero se lo acepté. Me dijo que se había dado cuenta que se había comportado de una manera demasiado soberbia y orgullosa y que la enfermedad la había enfrentado con esa parte de su persona que no había visto antes. En aquella conversación también se abrió a revelarme heridas muy viejas que tenía, y que yo ya sabía porque el orgullo es para eso, para tapar a los demás lo desvalidos que estamos por dentro.
Lamentablemente el proceso siguió largo y penoso, un largo rosario de imágenes de su peregrinar en donde hubo depresiones, gente que se acercaba a dar palabras de aliento, otros que se peleaban muchas veces delante de ella recriminándose participaciones y responsabilidades. En medio de todo eso, esta mujer rubia, delgada y bonita de apenas unos juveniles cuarenta años veía como su cuerpo se deformaba de manera implacable debido a las tumoraciones.
Un día de los últimos volví a visitarla. Sentada a su lado en la cama y tomadas de la mano vimos su novela preferida mientras ella comía dos o tres bocados solamente del almuerzo que su madre le había preparado. En un momento me pidió que la ayudara, se paró y fuimos hasta el comedor donde tomada de la mesa comenzó a caminar con una profunda expresión de dolor en su rostro.
-Es como en Kung Fu, hay que pelearla.- me dijo.
-Tal vez Elena sería mejor el dejarse fluir, como en TaiChi.-le respondí.
Ella se quedó pensando.
La última vez que la vi ya estaba hospitalizada, inconciente la mayor parte del tiempo mientras su viejita hecha un mar de llanto no dejaba de sostenerle la mano. En un momento abrió sus ojos y saludó con una sonrisa y un beso a cada uno de nosotros y en un susurro recomendaba a su hermana que cuidara bien a sus sobrinos adorados.
El día que murió llovió a cántaros.  Sentados en el gimnasio de su novio guardábamos silencio desolados. Alguien, no me acuerdo quien, recordó un viejo dicho chino.
-Siempre que muere un Maestro de Kung Fu, diluvia.

El congreso sobre Terapias Alternativas, Parapsicología y Ovnis no la tenía como una participación central, pero todos esperaban con cierta ansiedad el momento en que se haría presente y el hecho de ver entrar al salón aquella figurita menuda de andar veloz envuelta en su tradicional sari hizo que todos diéramos vueltas nuestras cabezas hacia ella y olvidáramos a quien estaba disertando en aquel momento.
Su disertación incluso no fue demasiado relevante, sin menoscabar la importancia de su contenido la exposición fue sencilla, como para que la entienda un niño (tal vez el niño que somos todos en realidad), y acompañada de un ejercicio de concentración simple pero por eso mismo eficaz.
Sin embargo, al anunciarse el receso, la gente como un todo se levantó de sus asientos para saludar a Indra Devi.
Separada de los otros por la larga mesa de los expositores no tuvo mejor idea que, en vez de rodearla, sentarse de un salto sobre la misma para pasar ágilmente al otro lado. En aquella época ya superaba los ochenta años. Yo como todos formé fila.
Mientras ella abrazaba y besaba uno por uno a sus admiradores, su perfume a sándalo se profundizaba a medida que nos acercábamos.
Lo interesante fue que al momento de estar parada frente a ella no fue ni su sonrisa ni sus fantásticos ojos azules, ni su abrazo lo que primero percibieron mis sentidos.
Fue cariño, una sólida y consistente burbuja de afecto la rodeaba y se extendía alrededor de ella y comenzó a envolverme unos cuantos segundos antes de empezar a sentir su contacto físico.

Al final de uno de los tantos viajes por Perú y con una tarde libre tuvimos la clásica idea que cenar en uno de los tantos restaurantes que rodean la Plaza de Armas de Cuzco.
Pero una de las personas del grupete de turistas que formábamos quería comer acompañada por la música de uno de los tantos y excelentes grupos folklóricos que se ganan su platita tocando para los turistas.
El asunto fue que recorrimos de arriba a bajo la plaza y debido a que era demasiado temprano o andábamos con mala suerte no encontrábamos la música buscada.
Hasta que finalmente dimos con uno. Presurosos nos acomodamos en una de las tantas mesas y no termino de sentarme cuando ¨siento¨ (si, siento; no escucho) que el último de los cinco muchachos que estaba tocando en ese momento piensa: ¨Bueno, esta es la última que tocamos y nos vamos al otro lugar¨.
Alcanzo a decir: ¨Me parece que nosotros llegamos y estos ya se van¨.
Chan chan. Los compases finales y uno de los músicos que agradece a todos por haberlos escuchado acompañado de un ¨esto ha sido todo por hoy¨.
-¡Bruja!- Me bautiza molesta la señora que deseaba cenar con melodías mientras que en las mesas contiguas estalla una que otra carcajada.

Angustiada, ansiosa, victima de sucesivas crisis nerviosas, eternamente al borde de un ataque de pánico, aterrada, recelosa, desconfiada, con una terrible incertidumbre; una amiga ha sido abandonada.
Luego de muchos años de casamiento, su pareja en eterna crisis como tantos otros matrimonios decidió romper con la rutina, armó las valijas, dejó la casa, buscó una novia y planteó primero una separación y finalmente el divorcio.
Ama de casa desde hace siglos de pronto debe moverse entre abogados con mensajes contradictorios, algunos falsos. De depender de la entrada mensual del marido ahora debe resolver su jubilación, su alimento, sus gastos, sus días, sus soledades y sus vacíos.
Y entonces recuerda un ejercicio que practicáramos años atrás.
Buscó en su imaginación un lugar bonito y en el suelo de ese paisaje ideal extendió un pañuelo blanco, sobre el dejaría las cosas negativas de su vida, para luego formar un paquete y deshacerse de él como le viniera en gana: enterrándolo, quemándolo o entregándolo a un curso de agua.
De ese modo entonces extendió el pañuelo, colocó los miedos, las mentiras, los rechazos, el enojo, el odio, la pelea, la angustia, el insomnio. Y de pronto colocó algo que no sabía que todavía tenía. Al final de ese rosario colocó el amor que sentía por él y que había quedado debajo, oculto por todos los problemas de su vida matrimonial.
Por supuesto. Lloró mucho.

El micro nos fue llevando en el acostumbrado tour en los alrededores de Cuzco hasta un templo que hoy es conocido como el “Templo de la Luna” o “Cueva del Mono”, aunque su nombre original se ha perdido como el de tantos otros lugares sagrados como así también el verdadero uso dado en su tiempo de esplendor.
Consiste en un peñón tallado que en su parte inferior poseía un pasaje que comunicaba sus dos caras, hoy clausurado luego de un terremoto que deslizara una enorme piedra bloqueándolo. Posee también dos ambientes labrados en el interior al que se le atribuyen funciones estrictamente religiosas. En el ambiente del nivel mas alto hay talladas plataformas y hacia el techo un tragaluz que a la media noche de la luna llena más cercana al solsticio de invierno permite que el interior de la cueva se encuentre plenamente iluminado, fenómeno por el cual hoy se lo nombra.
En aquella época habíamos atravesado el pasaje y estábamos dirigiéndonos hacia el templo superior por un sendero de fácil acceso, delante mío avanzaban otras compañeras de viaje cuando un suave aroma nos envolvió. Para algunas de nosotras eran lilas, para otras rosas, lo cierto que el perfume nos alcanzaba fácilmente cuando lo percibíamos y se tornaba rebelde cuando nos esforzábamos por encontrar su origen. Pronto el guía nos alcanzó y al instante lo sorprendió el aroma. Y digo que lo sorprendió porque el peñasco no podía ser más árido amén que nos encontrábamos en plena estación seca, en la cual la vegetación se marchita y prácticamente desaparece.
Intrigado manoteó un par de flores silvestres que en absoluto poseían perfume alguno.
-Debe haber sido alguna de las señoras que pasaron antes que ustedes.
Nadie había pasado antes que nosotras, y no hay perfume que perdure tanto. Para cerciorarnos nos olimos unas a otras pero ninguna estaba fuertemente perfumada y menos con algún perfume similar.
Vencida la razón y la lógica el guía tuvo que ceder aceptando que un fenómeno especial se estaba manifestando.
-Es la Pachamama.-concluyó finalmente.
Cuando llegamos al interior del templo todo el piso estaba regado por hojas de coca. Alguien antes que nosotros había bendecido el lugar con la planta sagrada de los incas, y en aquel lugar nosotros realizamos una meditación con la mejor ambientación que hubiésemos podido imaginar.
La espiritualidad tiene esta cosa de no poder dar la resultante precisa para la inquietud que la origina. Una presencia luminosa se había hecho presente atraída por nuestro desarrollo o por el de aquellas que habían estado en aquel lugar antes que nosotros, o por la sumatoria de ambos. O alguien en nuestro grupo con un fuerte potencial paranormal y motivado por las circunstancias había plasmado aquel perfume. O, mi preferida, llegamos en el momento y al lugar indicado para que nos dieran una maravillosa bienvenida.