El lugar al que íbamos se llamaba Pikillaqta y nos llevaron sin describirnos demasiado el periplo quizás para que no desertáramos. Dentro de una vieja combi viajamos apretujados en plena noche por caminos de tierra próximos a precipicios que de sólo intuirlos daba miedo.
Largo el viaje, muy largo e incómodo, pero el lugar al que llegamos finalmente valía eso y más también. La selva se presentaba plena y libre como todos ansiamos vivir nuestras vidas.
Después de llegar al lugar donde pernoctaríamos y de los refrigerios nos presentaron al chamán que trabajaría con nosotros.
Don Alejandro no tenía el aspecto de la mayoría de los brujos sino que se presentaba bajo otra modalidad. No irrumpía en escena como diciendo aquí estoy yo. Tampoco aparecía inesperadamente rodeándose de algún alo misterioso. El simplemente estaba sentado y sonreía ampliamente cada vez que alguien le dirigía algún comentario, para luego hablar poco y en voz muy tenue. Tenía, a mi apreciación, una manera muy oriental de manifestarse.
Con el trabajaríamos a lo largo de varios días de diferentes maneras y esta es una descripción de aquellos trabajos, no tan fiel como desearía, porque el tiempo transcurrido ha desdibujado ya algunos detalles.
La primera jornada nos llevó hasta el río. Recuerdo que íbamos caminando por un sendero hacia nuestro destino. Delante mío el iba abrazado paternalmente a una compañera con la que yo personalmente ya había tenido algún choque, y en aquel momento me asaltó una mezquina curiosidad por saber de qué estaban hablando, así que traté de apresurar el paso para alcanzarlos. Por aquella época yo practicaba asiduamente artes marciales, por lo que mi estado atlético era bastante bueno. Mi presa eran un hombre por encima de los cincuenta años y una mujer con problemas de sobrepeso, por lo cual mi objetivo de acercarme lo suficiente como para alcanzar a escuchar su conversación hubiese sido simple. Pero fue imposible.
Apuré el paso, casi hasta trote, pero no había forma de alcanzarlos. La distancia que nos separaba no menguaba en lo absoluto. Finalmente decidí decistir reconociendo que mi actitud era francamente impertinente y que aquella conversación no era para mi.
Finalmente llegamos a orilla del río que rompía el silencio de la selva con su monótono rugir. Nos paró en hilera sobre las piedras de la orilla, nos pidió que cerráramos nuestros ojos y comenzó una disertación guiándonos en una visualización. Por instantes su voz tenue era sobrepasada por la potencia del agua por lo que me perdía casi por completo su charla.
Opté por cerrar simplemente los ojos y dejar que los sonidos del entorno me inspiraran y pronto me sentí literalmente parada en medio de ese río sintiendo como las corrientes de agua se bifurcaban delante y detrás mío. Sorprendente fue saber que eso fue parte de su práctica.
Finalmente fue el día de ayahuasca. Nos llevó al centro que había preparado para sus trabajos con la planta.
En el medio de la selva había desmontado y construido una serie de cabañas con techo piramidal según imágenes que él mismo había recibido en su uso cotidiano con plantas enteógenas. Próximo al mismo había un jardín donde cultivaba sus plantas medicinales, la liana inclusive, que en aquel momento presentaba sus florcitas celestes, y a las que él le cantaba y rogaba para que creciese con el fin de ayudarle a sanar y cuidar a otros seres humanos.
En una de las cabañas que formaban el complejo construido con sus propias manos y en medio de los relatos de una cosmogonía heredada de sus progenitores realizó en cada uno de los presentes un ritual de purificación.
Al día siguiente trabajaríamos con ayahuasca.
Nos habíamos reunido como es habitual en este tipo de trabajos a la noche, no al aire libre sino bajo techo.
En el medio de la rueda que formábamos sentados en el suelo Don Alejandro extendió su mesa con elementos muy similares a los de otros chamanes como así también otros propios de su personal formación y origen.
Luego de consumida la planta y después de un largo rato en el que cada uno estuvo viviendo su experiencia personal nos fue convocando de a uno para que nos recostáramos sobre una manta extendida delante de él.
Cuando me llegó el turno lo primero que hizo referencia fue a problemas que estaba teniendo con mis períodos menstruales lo cual yo no sólo no había comentado con él sino que tampoco se lo había referido a nadie del grupo.
Desde hacía algún tiempo atrás habían comenzado a ser especialmente dolorosos al punto que tenía que recostarme para lograr algún alivio y por negligencia y falta de tiempo no había consultado todavía a ningún médico.
-Te está pasando que durante tus menstruaciones se genera excesivo calor y eso te está provocando una infección intestinal cuando la temperatura sube.-fueron más o menos sus palabras.
Luego procedió a succionar el mal para desalojarlo de mi cuerpo. Al día siguiente trabajaría exponiendo esa zona de mi abdomen en un chorro de agua proveniente de un sistema de cañas que a manera de tuberías encauzaban una vertiente natural. Todo construido e ideado por él.
Nunca más volví a tener otra molestia de ese tipo al día de la fecha.
De aquella visita traje además de la sanación otros presentes destinados a mi protección. Un palo de chonta (árbol cuya madera es considerada sagrada), un collar de wayrurus (especie de porotos pequeños y colorados signados por propiedades mágicas) y una hoja entregada por él mismo a cada uno de nosotros que aún guardo dentro de mi libro de Baghavad Ghita.
Cuando emprendíamos el regreso y luego de las despedidas de rigor rompí en un llanto que no podía ocultar a los demás. Alguien preocupado me preguntaba la causa del mismo. Yo estaba atrapada de nuevo en una tormenta de intuiciones y sentimientos. Sabía que nunca más volvería a aquel lugar y que no vería más a alguien.
Al poco tiempo, un par de años, Don Alejandro murió. Decidió retornar según me contaron desde Puno a su selva en un camión descubierto y el frío del camino y del altiplano se le metió en el cuerpo y un poder más grande que el suyo se lo llevó.