Noviembre 2006


Era un señor espigado, de prolijo bigote al cual su hija adoraba. Se fue porque su tiempo sobre el planeta había expirado y a ella le costó un poco asimilarlo, por eso su mirada se volvió un tanto fría y dura durante algún tiempo ya que aunque no lo podía reconocer estaba enojada por la pérdida. Luego lo superó.
Como ya lo había hecho anteriormente, poco tiempo después de su deceso Norma me pidió que pasara unos días en su departamento para cuidárselo hasta su regreso de un corto viaje.
Ni bien me dormí soñé con él. Estaba en el cuarto y me miraba enojado.
¨¿Quién está acá?¨, me increpaba al reconocer a una intrusa en la cama de su hija. Me desperté y simplemente dialogué internamente dirigiéndome a él para explicarle que yo también estaba ahí cuidando la casa de su hija. Acto seguido me acosté y me dormí.
Por supuesto le expliqué a mi amiga mi experiencia y le sugerí que pidiera por su elevación y no pasó de ahí. Años mas tarde se sorprendería cuando una vidente, al curarle la casa, le confirmaría que su espíritu seguía allí, custodiándola y protegiéndola.

Mi hogar de crianza estuvo signado por lo raro y lo bizarro. Mamá, una mujer simple, venida del campo, con un tercer grado de primaria repetido tres veces no por bruta sino porque no había en su tiempo más escolaridad para seguir. Papá con un secundario industrial trunco porque era imperioso trabajar, pero con una cultura general bastante buena que siempre lo hizo sentir superior a su compañera, más aficionada a los bordados que a la lectura. Ambos sin embargo, con mucha intuición, percepción y apertura hacia lo paranormal y lo mágico,  reunidos tal vez también como pareja por esta inclinación.
Eran tiempos del proceso militar en Argentina, y en mi casa se vivía como un tema presente y distante al mismo tiempo ya que no había inclinaciones políticas. Mi hermana y yo éramos pequeñas, tendríamos 7 y 10 años respectivamente.
Y un día apareció Jorge en nuestras vidas. Mi padre le abrió las puertas de nuestra casa desaprensivamente subyugado por aquel hombre que se decía versado en actividades mágicas. Lo mágico desde lo más primitivo de la humanidad fue identificado como un poder y a los seres humanos no seduce el poder.
Recuerdo las largas tertulias nocturnas donde ambos hablaban largo y tendido. La casa se llenaba a una incómoda atmósfera de humo de cigarrillo que fumaba mi padre, olor a vino que se despachaba Jorge y el aroma a papafritas que les cocinaba con paciencia de santa mi madre muchas veces en horas cercanas a la madrugada.
Yo no dejaba de sentirme incómoda y una sucesión de hechos me empezaron a dar la razón.
Primero procedió, según me lo contó mi papá ya que yo estaba ausente en la reunión, a quemar una foto carnet de mi padre.  La foto quedó totalmente negra pero igualmente se destacaban los ojos de la imagen, con lo cual comenzó a explayarse sobre las asombrosas capacidades que él tendría y su poder a través de la mirada. Y sí, le dio poder halagando su ego.
Luego procedió a insistir que mi hermana era víctima de un trabajo de brujería y le hizo una sanación. Mi hermana se sintió peor.
Desde mi pieza intentaba escuchar las conversaciones nocturnas y sentía como él de pronto asaltaba a mi madre con declaraciones como: ¨Usted señora no lo quiere a su marido¨. Mi madre era muy buena y muy correcta, yo le hubiese puesto la sartén con las papas fritas de sombrero.
Un día mi papá nos convocó ante su presencia para que nos vaticinara el porvenir: ¨Esta chicha (por mi hermana), va a estudiar algo muy raro. Ella (por mi) va a enamorarse de alguien que la va a dejar embarazada y va a ser madre soltera¨, me largó así nomás sin anestesia.
No sé cómo lo habré mirado, si sé que interiormente me dije ¨Hasta acá llegaste¨. Y debí haberlo mirado bastante feo porque empezó a vigilarme desconfiando de algo.
Mi hermana y yo nos aliamos. No podíamos enfrentarnos a nuestro padre que estaba totalmente seducido por este farsante y siendo tan pequeñas recurrimos a lo único que nos quedaba a mano: lo mágico.
Lo primero fue colocar escobas y tijeras abiertas  detrás de las puertas cada vez que nos visitaba. ¿Quién no lo aconsejo? No tengo la menor idea, simplemente lo sabíamos.
Finalmente ya desesperadas una noche nos rezamos juntas un rosario en el jardín, bajo una luna llena a la cual también invocamos para echar al intruso. Y dio resultado porque después de eso nunca más volvió.
A partir de allí yo aprendí que no se puede tomar como maestro o como referente a una persona que busca desunir, infundir el recelo y la desconfianza en un grupo, dividir para reinar. Una persona que trabaja para lo luminoso, para lo positivo busca unir, equilibrar energías grupales, que la comunidad cualquiera sea resuelva los conflictos en armonía. Su bien más preciado es el bienestar común y no el triunfo personal.

El Wayna Picchu (el joven mascador de coca según algunos, o el cerro joven según otros,) se levanta imponente por detrás de Machu Picchu. Ya lo hemos subido anteriormente con un guía pero en esta oportunidad no hay uno disponible comprometidos con otros asuntos así que parte del grupo que viajamos en esta ocasión nos pusimos de acuerdo para subir por nuestra cuenta y acompañar los que tenemos alguna experiencia a quienes lo hacen por primera vez. En realidad el ascenso no es difícil porque los senderos de piedra son lo bastante anchos para quienes no sufran de vértigo y sólo puede ser resbaloso si ha llovido el día anterior.
Yo me quedo atrás cerrando nuestra fila, simplemente para estar al tanto de cualquiera que decida claudicar y para alentar a aquel que esté dudoso durante la travesía.
Pronto queda cerca mío una señora muy particular. Fue fuente de problemas durante todo el viaje, con actitudes muy críticas hacia todo el mundo. Se autodefine como una formadora espiritual, con su propio grupo de seguidores, pero el ego es bien fuerte y muestra muy poca consideración por el otro.
La cuestión es que asegura acompañar permanentemente a grupos a subir al Uritorco en Argentina, y yo la miro con recelo porque para alguien habituado a este tipo de paseos viene subiendo muy dificultosamente, llevando en una mano una bolsita de plástico con aquello que consideró útil para esta excursión. Yo la veo esforzarse por ascender con una sola mano agarrándose a las piedras cuando fácilmente necesitaría tres.
No hizo un tercio del camino hacia la cúspide cuando decidió quedarse sentada en ese lugar hasta que regresemos todos de la cima del cerro. Mi duende travieso me señala algo al oído interno y yo empiezo a alentarla con las palabras más dulces y maternales que encuentro. Poco a poco, paso a paso, descanso tras descanso la voy empujando hacia arriba. Vamos hablando de su vida personal, de su trabajo y como con las conversaciones me afloja la marcha la insto a que guarde el aliento, a que respire profundo, que se nutra con la energía de la naturaleza y siga ascendiendo.
Llegar, llegamos. Su cara enrojecida por el esfuerzo pero sin síntomas preocupantes. El grupo que hace rato está arriba la mira intrigado. Algo ha cambiado.
Mas tarde, en Aguas Calientes, la veo sentada solitaria y callada en una mesa tomándose un jugo bien fresco, la cara aún enrojecida quizás por el sol.
En el tren de regreso a Cuzco sigue callada y con cierta expresión mezcla de satisfacción y tranquilidad interior. A su alrededor el grupo charla animado.
La coordinadora del grupo se me acerca y me pregunta intrigada.
-Inés. ¿Se puede saber qué le hiciste para que esté tan tranquila?
-Nada. Sólo subimos al Wayna Picchu.
Yo sonrío y me acuerdo de los niños traviesos que luego de cansarlos bien son como angelitos.
Aquí bien podría terminar la anécdota, pero sigue.
Ya de regreso a Buenos Aires se presentó en un congreso de terapias y ciencias alternativas en el complejo San Martín. Aparentemente, según me lo contaron, de este su primer viaje a Perú adquirió licencia de chamán. Así que abrió lo que fue su show plantando sobre el escenario dos cirios pintados de esos tan bonitos que se venden en Cuzco, para acto seguido rociar a la platea con agua florida, asustando a mucha de esa gente que no tenía la menor idea de qué quería hacer escupiéndoles perfume. Ahí fue cuando entendí las quejas de algunas personas de los pueblos originarios que no quieren que el conocimiento sea participado a personas de otras culturas y alzan su voz contra el neochamanismo y el chamanismo urbano.
Lo que yo si sé es que cuando un ciclo empieza a mover su espiral ya no se puede detener porque es guiado por fuerzas ajenas a nuestra voluntad, que el tiempo separa y distingue lo auténtico de lo falso y que hay una distancia abismal entre ¨el que quiera oír que oiga¨y ¨el que sepa entender que escuche¨.

Luego de todo un día en Machu Picchu el guía nos sentó en ronda sobre el césped de la plaza que está pasando el Intiwatana. Sobre una manta desplegó los elementos de su mesa e inesperadamente repartió a algunos de nosotros que estábamos más próximos a él unas maracas y un tambor.
A mi me tocó una maraca…y con cuernos.
Obviamente y por una disposición personal participo siempre con absoluto respeto y convicción, pero tengo un duende adentro que se me disocia y mientras me compenetro con el momento me hace chanzas a cerca de los cuernos y mi vida personal. También me critica, tan grande y otra vez con sonajero. Y me expone la duda existencial de cómo tocarla, qué ritmo llevar, que debo ser la persona menos indicada para portar maraca porque no tengo buen oído para la música y ni hablar de ritmo. Todo esto comprimido en un segundo.
Pero estoy en un ritual, en un espacio sagrado que delimita a su vez un tiempo sacralizado; de una cultura que hoy se abre nuevamente lozana como una flor renacida de su propia semilla luego de siglos de martirio, oprobio y menosprecio.
Y ahí estoy yo con esta sonaja prestada de a momentos sacudiéndola, de a ratos trazando con ella pequeños círculos, dejándome llevar por mi instinto y mi inspiración.
Súbitamente algo irrumpe desde mi interior, o tal vez ya no recuerdo con nitidez y fue a pedido del guía esotérico que preside el ritual, lo cierto es que me dirijo con respeto a los antiguos moradores de la ciudadela, para que acudan a ayudarnos y a guiarnos en la ceremonia.
Imagino, o veo con los ojos del alma, a muchos que ya se acercan, diferentes edades, diversas vestimentas, extraños viajeros de distintas épocas. Uno en particular se acerca por detrás y lo siento muy alto parado a mi espalda. En ese momento algo estalla dentro de mí. Siento que la burbuja luminosa que rodea mi cabeza se extiende más allá de lo habitual, ha realizado una diástole y no ha regresado a su sitio habitual. Y nada más.
El ritual termina o se da por finalizado, y todos están en silencio muy metidos todavía en esa otra dimensión interior. O exterior, porque el guía ha visto algo que no puede explicar al detalle, pero que describe como un cambio en la cotidianeidad de su mesa.
y luego me olvido. Vuelvo a Buenos Aires y a mi vida trajinada hasta que en la ciudad tengo un encuentro con otro chamán peruano que ya me conoce pero que no estuvo presente en este viaje.
-Tu campo de conciencia se ha ampliado. ¿Qué hiciste?-me pregunta en cuanto me ve. Yo, inocente, le aseguro que lo ignoro ya que permanentemente estoy realizando prácticas de meditación. No será sino hasta bastante tiempo después que lo asociaré a la maraca.