Julio 2007


Luis marcha como tantos días con su enorme canasta cargada de productos del almacén de su padre. Por supuesto, con sólo siete años la canasta es más grande que él. Al lugar al que  va, le interesa ir.
La señora dueña de la casa es una curandera como tantas otras del pueblo, pero es sin duda la más visitada. Sin embargo ese día o no trabaja o no tiene clientes. Tiene tiempo.
El saloncito de estar no está cargado de imágenes extrañas ni decoraciones extravagantes. Sólo unas mesitas a las que hay que acercarse para ver en detalle su contenido. Su mano sobre el hombro del chiquillo trata de infundirle confianza, de acompañar su curiosidad natural con afecto.
-¿Ves? acá tengo gente que necesita cosas que lleguen a su vida, por eso esto que ves son piedras imán, para atraer.
El chiquito no sabe mucho, pero aún a él lo sorprende con cierto desagrado las fotos con alfileres. La mano sobre el hombro siente la tensión del cuerpecito. Prontamente le aclara.
-No, no es para hacer mal. Por el contrario se trata de gente a la cual la están dañando. Los alfileres marcan los lugares donde están siendo afectados. Yo los voy retirando todos los días un poquito. (y mientras explica con sus dedos regordetes extrae unos milímetros el alfiler) Así, poco a poco los voy sanando.

La meditación en cuanto técnica puede realizarse de muchas maneras y enfocar distintos aspectos del desarrollo individual (mentales, emocionales, espirituales, físicos y energéticos), aunque en relación al nivel evolutivo de la persona involucrada el proceso determinará la evolución de aspectos que bien podrían no estar en el objetivo principal del practicante.
El sistema de meditación chino hace su hincapié en los procesos energéticos, considerando que la armonización de éstos empujará en cascada el desarrollo de todos los demás.
Los chinos reconocen tres niveles de energía: Chi, Chin, Shen.  Chi es la energía que circula en nuestro entorno y que ingresa a nuestro cuerpo a través de cualquier proceso vital. Chin es la que circula en un primer estadio de transmutación en el interior de nuestro cuerpo y finalmente Shen es energía sublimada que circulará por los canales principales propiciando nuestro desarrollo espiritual.
Para trabajar este método deberá estar sentado en el piso con las piernas flexionadas o en una silla en el borde, sin apoyar la espalda en el respaldo.
La espalda deberá estar derecha, la cabeza erguida, los hombros relajados y las manos sobre las rodillas unidos los dedos índice y pulgar, o índice y mayor. Las manos también pueden estar simplemente unidas cruzando los dedos, o conformando cualquier mudra de su conocimiento pero con los antebrazos descansando sobre el regazo. Todo esto tiene como finalidad cerrar un circuito, impedir que energías extrañas perjudiquen nuestra práctica.
En cuanto a la respiración, que deberá ser por nariz y en el ritmo acostumbrado, tendrá su punto culminante en el TAN TIEN.
El Tan Tien es un centro energético ubicado debajo del ombligo y que se visualiza como una marmita donde la energía que a él llega es procesada para que alcance un nivel superior. En este punto la respiración puede adoptar el sistema Taoista, consistente en inhalar y comprimir el abdomen antes de iniciar la exhalación. O bien el sistema Budista consistente en inhalar y expandir el abdomen antes de exhalar.
La pequeña circulación se inicia conectando la lengua a la parte superior de nuestro paladar buscando su punto más sensible. No debe tocar los dientes.  Al inhalar por la nariz, visualizamos que junto con el aire penetra también el Chi al interior de nuestro cuerpo. Esta energía visualizada como una cinta de luz discurrirá por delante de nuestro cuerpo hasta llegar al Tan Tien al momento que expandimos o contraemos el abdomen según nuestra elección de práctica.
Junto con la exhalación visualizaremos que la luz retoma su curso alrededor de nuestro cuerpo pasando por nuestra zona genital, ascendiendo por nuestra espalda luego de contraer levemente los glúteos. Sigue ascendiendo por nuestra cabeza, para descender finalmente por nuestra frente y terminar en nuestra nariz junto con el final de la exhalación.
No es necesario forzar el tiempo que se dedica al ejercicio, es importante que con el tiempo se extienda cada vez más el tiempo que dedicamos a su práctica.
Si es importante persistir en los primeros tiempos en la visualización del circuito de luz. Nuestra mente intentará evadirse hacia problemas, o cuestiones sin trascendencia, como también podemos llegar a quedarnos dormidos. Una vez que tomamos conciencia de ésto hay que retomar el esquema luminoso.
Como todo lo concerniente con lo espiritual, se hace hincapié en el método para que una vez alcanzado cierto desarrollo, olvidarse completamente de él y simplemente dejar que la energía fluya.

En medio del torneo nos ofrecieron la oportunidad de quedarnos unos días más en Taiwan y hospedarnos en el gimnasio de un maestro de Kung Fu de linaje. Es decir que tenía como prestigio pertenecer a una familia que por cuarenta generaciones había practicado y enseñado el arte marcial chino.
Nosotros no éramos pretenciosos, simplemente que nos permitieran quedarnos  y aprovechar unos días más en la isla era más que suficiente pero sabíamos el valor de la propuesta. Conocer un maestro de linaje es como sacarse la lotería ya que muchos de estos terminaron asesinados durante la revolución cultural china.  El poder no puede convivir con ciertas cosas: el misterio, el conocimiento, y aquello que otorga independencia y autonomía al individuo.
La angosta puerta daba lugar a una escalera sombría que descendía a un sótano que poco tenía que ver con lo que habíamos imaginado. Nuestro gimnasio en Argentina era prácticamente un Palacio Chino comparado con este.
Sólo el armero con la clásica colección de lanzas tipificaba el lugar. Enfrente de él el aparador guardaba copas y trofeos cubiertos por una gruesa capa de polvo que impedía leerlos.
Salió a recibirnos de su habitación. Alto, el cabello muy cano, de contextura fuerte y piel manchada por la edad. Sencillamente vestido, su andar ágil y elástico no revelaba sus ochenta años.
Maestro de Tan Lan, el estilo del boxeo del mantis, preparaba unos pocos alumnos del país, pero recibía periódicamente alumnos de todo el mundo deseosos de conocerlo y aprender algo de él. Norteamericanos, franceses, portugueses, sudafricanos presentaron sus respetos, aprendieron algunos movimientos y marcharon dichosos a sus países de origen.
En medio del salón, sin alfombra, sólo un piso de cemento enseñaba su estilo y se daba el lujo de bromear con sus alumnos, y especialmente con los argentinos a los que les costaba estar despiertos a las seis de la mañana para practicar Tai Chi en el parque. Esos argentinos displicentes y  bulliciosos que un día se pusieron a limpiarle a fondo casi todo el sótano y correteaban a los alumnos mas pequeños con rodajas de pan chino con dulce de leche que los chiquitos por temor se negaban a comer.
El calor, las prácticas diarias y nuestras salidas nos obligaban a tomar una que otra siesta. Por eso aquel día, en el silencio del salón resonaban los golpes. Raro, porque no habíamos presenciado ninguna práctica de combate. Nos asomamos.
El haz de luz que se prolongaba desde la escalera los alumbraba. En el salón en penumbra un muchacho chino de pie, en posición de ataque pero  inmóvil. A su alrededor el maestro giraba golpeando con fuerza con sus puños piernas, espalda, pecho, abdomen. El muchacho recibía esos golpes sin realizar ningún gesto ni emitir ningún sonido.
Aquel de nosotros que más sabe explica. El maestro conoce meridianos, puntos, plexos. La forma en que la energía fluye y se atasca o se concentra por la práctica. Los golpes desbloquean, dirigen, fortalecen. Transforman el cuerpo del mejor de sus alumnos en una armadura y potencian la fuerza de los músculos.
En la penumbra el maestro sigue golpeando como un escultor tallando la piedra.

Era muy temprano cuando lo vieron sentado en la estación Bolívar de subterráneos.  La gente pasaba a su lado y lo miraban de distinta manera debido a su extraño atuendo. Hacía mucho que no se veían hippies auténticos en Buenos Aires.  Si bien la moda había vuelto era eso sólo moda.  Este era auténtico.
Lo primero que lo delataba era la edad, debería tener unos cincuenta y tantos años.  El cabello y la barba muy crecidos, apenas peinados.  La vincha raída algo inclinada de un costado.  Los anteojos redondos, a lo Jhon Lennon coloreados de violeta,  una margarita pintada en la mejilla derecha (pintada y no tatuada lo que quizás fuera el detalle más significativo). El chaleco hindú, tan descolorido que había quedado amarronado por el paso del tiempo y que había perdido también unos cuantos espejitos de su adorno. El pantalón debió ser azul, tanto tiempo atrás, que ahora era gris.  Estaba totalmente descalzo, puesto que las sandalias habían desaparecido muchos años atrás.
Y no estaba sucio, estaba polvoriento, como una momia recién rescatada de su entierro ancestral.
Sobre el andén había desplegado una colección tan extraña de objetos que inevitablemente la gente se detenía a observar.
Había objetos de vidrio, otros de cerámica, algunos de madera, de metal.  Los había esféricos, cúbicos, antropomorfos, zoomorfos, pirámides.  Había también plumas, piedras, cortezas, hojas, flores y hasta pequeños animales disecados, especialmente insectos.
Estaban dispuestos sobre una colcha tejida a crochet, de esas hechas de a cuadraditos de lana de distintos colores,  y no paraba de cambiarlos de lugar, pasando cada uno de esos objetos de un lugar a otro como si se tratara de un gran juego de ajedrez.
A medida que las personas bajaban del subte prestaban atención al extraño ritual.  Unos se quejaban:
-Justo aquí señor, que no hay lugar.
Otros se intrigaban y preguntaban:
-¿Qué es un juego? ¿Es una obra de arte? No, el señor está loco, no tengo tiempo para perder en esto. Hey, circule por favor, por mirar lo que está haciendo ese roñoso estoy llegando tarde a la oficina.  No, mi amor, no ves que son artesanías para la venta, te compro alguna.
El hippie, imperturbable no respondía, no se quejaba, no se inmutaba, no dejaba de mover de un lado a otro los objetos que estaban sobre la manta.
Carlitos se había escapado de casa aquel día, muy temprano, después del desayuno.  Un padre ausente, una madre que trabajaba mucho, una abuela malhumorada y sobredimensionada de trabajo para su edad, dos hermanitos demasiados chiquitos.
-Te dije que cuidaras a tus hermanos, si algo les pasa la culpa va ser tuya.-  No aguantó más y se fue con lo puesto.  En vez de ir a la escuela siguió de largo y cuando tuvo frío se metió en el subte, pasaría allí la noche.
Como era la única persona que estaba quieta en aquel lugar se le sentó al lado.  El hippie no lo miró, no le preguntó nada, no lo corrió.  Instintivamente sabía que era bueno quedarse cerca de aquella persona, dormiría un poco más confiado.
 El último tren pasó y se llevó del andén a unos pocos pasajeros rezagados en la noche.
Y nada más.  Nadie los corrió.
Carlitos se apretujó de costado sobre su bracito derecho dispuesto a dormirse, así nada más sin comer nada y en ese preciso momento el hippie se quedó quieto. Suspiró hondo, cerró un instante los ojos y aplaudió una vez.
Carlitos aún no puede creer lo que vió.
Las piezas sobre la manta comenzaron una danza frenética sin que ninguna mano las tocara. Comenzaron a moverse velozmente de un lado al otro de la manta cambiando de posiciones unas con otras.
-Señor, ¿Ud. Está viendo lo que yo?
Como toda respuesta el hippie aplaudió otra vez y las piezas detuvieron su danza frenética para retomarla en sentido contrario y sólo se quedaron quietas cuando todas las piezas volvieron a su lugar inicial.
Carlitos estaba ahora sentado, los ojos muy grandes, la boca muy abierta.
- Hace muchos años, cuando yo era muy joven, el mundo lo era también. Viajamos algunos de nosotros a lugares lejanos. Yo fui a Nepal y allí un monje me enseño palabras secretas que producen milagros. Por qué a mi, no lo sé.  Tal vez simplemente para que tú vieras lo que hoy viste.  Estos objetos que están sobre la manta tienen cada uno una energía, como la tienes tú y la tengo yo.  Y también tienen una memoria, una historia, han viajado y guardan el secreto de su jornada, pero como todo tarde o temprano deberán  regresar a su lugar de  origen…Ya es tarde, es hora de que tú vuelvas al tuyo.
-Abandoné mi casa.
-Mal hecho, tu madre llora, tus hermanos ya te extrañan.  ¿No sientes acaso las oleadas de afecto que están llegando hasta ti.?
-No, no lo siento.
-Porque pusiste tu atención sólo en tu ser y no prestaste atención a lo que te rodea. Bueno, basta, levantemos todo esto y volvamos a casa.

Salieron al frío de la noche que les pegó duro en la cara.  El hippie lo acompañó unas cuadras y sin decir nada dobló en una esquina para perderse en la noche.
El retorno fue mucho mas grato de lo que se esperaba, no hubo reproches. Sólo abrazos y besos, apretujones, un café con leche bien caliente. Una cama con colchas de lanas tejidas por la abuela. Cerró los ojos y en sus sueños él era una pieza más en la manta vieja moviéndose interminablemente junto con las demás piezas.
Carlitos volvió muchas veces al andén buscando a su amigo hippie. Por supuesto jamás lo volvió a ver. 
Aprendió otra lección, algunas experiencias se dan en la vida sólo una vez.