Marzo 2008


El grupo avanzaba torpemente dentro de la gruta. Pese a lo bien equipados no podían evitar chocar aquí y allá con algún saliente de la roca o resbalar en el fango del piso. Pero a pesar de lo apremiante de la situación el grupo estaba determinado y avanzaba resuelto en busca de su tesoro.
De tanto en tanto descansaban para intentar recuperar el aliento, a pesar de lo sofocante de la atmósfera, y para rever los mapas.
Los mapas…
Habían sido encontrados en un bazar en Bombay en un jarrón ming rescatado de algún naufragio o botín de algún pirata. En su interior fueron descubiertos un manojo de cueros de jack pintados con caracteres mongoles.
El primer mapa describía el periplo de un príncipe desterrado desde la frontera del desierto del Gobi hacia el Nepal. De hecho y salvo por este último detalle no revestía mayor importancia.
El segundo mapa mostraba el acceso al monasterio y la entrada a la gruta que éste ocultaba, por lo tanto su información era preciosa.
El tercer mapa describía con detalles milimétricos el camino en el interior de la gruta y anunciaba un tesoro, el cual estaba descrito como un sutra y para poder descifrarlo fue necesario consultar a un experto en budismo, el cual fue muy sincero:
-Este mapa describe el camino hacia un gran tesoro. Un gran diamante del tamaño de un pomelo, facetado en 108 caras perfectas como las lágrimas de un Buda. Pero les advierto, su dueño sólo será aquel que demuestre tener un corazón puro.
Los expedicionarios se encontraron frente a un gran dilema, determinar cuál de todos ellos tendría un corazón puro. Pero pronto desecharon esta preocupación pensando que se trataría de una sentencia para ahuyentarlos o velar la verdadera prueba con la que se encontrarían al hallar el tesoro, si es que éste realmente existía.
Por las dudas, decidieron llevar al abad del monasterio en el equipo, a pesar de las excusas que este esgrimió.
Luego de arrastrarse por los pasadizos arribaron a un salón tallado en la roca viva y sobre un pedestal al brillo de las luces del equipo irradiaba su belleza el enorme diamante.
Los más ambiciosos se abalanzaron sobre la piedra pero pese a los esfuerzos no pudieron retirarlo de su sitial. Una vez pasado el arrebato dejaron forzadamente el turno a los únicos tres que se habían quedado enmudecidos contemplando la escena.
-Abad, usted primero- invitó el jefe de la expedición.
Este posó sus manos pero su intento fue inútil.
-Yo lo sabía, mi ambición por el conocimiento y por sobresalir gracias a él de entre mis pares me lo impide.
El siguiente fue el turno del más pequeño del grupo, que también fracaso, simplemente no había llegado a la piedra porque el resto en su forcejeo se lo había impedido.
El último era un aventurero que se les había unido en Nepal, quien acostumbraba a sumarse a cuanta empresa arriesgada le permitía ampliar horizontes.
La piedra pareció saltar del sitial hacia sus manos. El aventurero sonrió y la devolvió al pedestal con la delicadeza de quien culmina una obra de arte.
-¡Pero qué hace!-dijo el jefe de la expedición- vuelva a tomarla y llevémosla con nosotros.
-Imposible-dijo el abad.-la intención sería otra.
-¿La intención? ¿Pero en qué esta pensando ud. cuando la tomó?-preguntó el jefe al aventurero.
-Yo sólo quería saber si tenía puro el corazón.

WU WEI es no acción. Es un viejo término chino para un aún más viejo término hindú.
No actuar no significa no hacer. Tampoco significa actuar sin pensar o actuar sin meditar.
No acción implica dejar que algo dentro de nosotros que ya sabe lo que hay que hacer se exprese.
Este algo en nuestro interior que ya sabe, que tiene la respuesta correcta en el momento preciso para la situación impensada.
Es como en la lucha, algo que sabe el cuerpo de aquel que sabe pelear.
¿Cómo esquivaste ese puño? ¿De dónde te salió esa patada que el otro no pudo esquivar? ¿Cuáles fueron los golpes que tu cuerpo absorbió como una esponja? ¿Cómo supo que podía hacerlo?
La no acción se aprecia a pasado. Fue el movimiento perfecto y también la pausa precisa. Fue esperar que las cosas se dieran a tu favor sin pecar de indolente. Fue inspirar cuando de pensarlo no hubieras podido meter aire en tus pulmones y fue también exhalar sin saber que la tormenta ya había pasado.

El río fluía  dramáticamente crecido por  la lluvia copiosa que caía desde hacía días.
A la vera el taoista contemplaba los torbellinos de agua como quien ve un ave volar en el cielo.
La gente a su alrededor se agarraba la cabeza cuando entre  las aguas furiosas veía pasar los saldos de la destrucción.
De improviso, el taoista saltó al agua con la misma presteza que lo haría un pez al ser retornado a su elemento.
Algunos quedaron en la orilla aturdidos, otros intentaron peligrosamente acercarse a la orilla para socorrerlo, la mayoría se preparaba para verlo ahogarse rápidamente.
Por momentos lo vieron emerger, con el rostro impávido cabalgando sobre alguna piedra arrastrada por el torrente.
También lo vieron sumergirse sin realizarse ningún pedido de ayuda o ademán alguno que mostrara su desesperante situación.
En dos o tres oportunidades lo vieron girar en algún remolino con una expresión de extraña felicidad en su rostro.
Todo fue tan vertiginoso que casi no se dieron cuenta como había llegado a la otra orilla con las ropas totalmente secas a las que apenas sacudió como si quisiera quitarse una pequeña mota de polvo. Saludó alegremente con una mano y siguió su camino.
Por supuesto nadie intentó imitarlo.
Sólo un taoísta auténtico puede sumergirse en el Tao y salir ileso.
Sólo un taoísta auténtico sabe flotar cuando hay que flotar y hundirse cuando hay que hundirse.
Los demás sólo nos rebelamos a hacer lo que hay que hacer en el momento preciso atentando contra la naturaleza de nuestros ciclos y perdiendo la mayor parte de nuestras oportunidades.

Los datos caen como fichas y se agolpan sobre nuestros miedos. Son reales, son ciertos, están aquí y aún así quizás no logramos tener conciencia del cuadro completo.
La Tierra arde, se recaliente y se asfixia. Y a la vez se inunda y se ahoga. Y con ella nosotros que no aprendimos a escuchar sus ritmos, sus tiempos, sus ciclos.
Habrá sed porque la mayor cantidad de agua dulce no fluirá por los ríos sino que se precipitará en el océano.
Habrá hambre porque las cosechas serán destinadas a producir biocombustibles, bioplasticos porque importará más fabricar una pantalla de PC biodegradable que alimentar pobres niños famélicos.
Habrá enfermedad, nuevas y arcaicas. Poca lluvia para purificar la atmósfera. Demasiado calor que facilite la reproducción de microbios, virus, bacterias. También bacilos sintéticos, de esos que de tanto en tanto son fabricados y liberados en el mundo a ver qué pasa.
Habrá más violencia. El hombre se enloquecerá aún más por la droga, la última moda, confort, consumo y escape hacia ninguna parte.
¿Se volverá fatalmente la tierra un infierno?
Si. Tal vez ya lo es.
Sin embargo, una vez soñé, o tal vez lo vi, o tal vez lo intuí.
Soñé con pequeñas comunidades. ¿De cuantos habitantes? No lo sé. ¿De cuántos habitantes? Lo ignoro. Sólo se que estaban aquí y allá como salpicones en un mapa. Aisladas y a la vez intercomunicadas entre si. ¿De qué manera? No tengo idea, pero veía los hilos que enlazaban a una con otra. ¿Remansos de paz en medio del desastre o restos sobrevivientes de una humanidad colapsada? Tal vez ambas posibilidades.
Alguien me dijo una vez que las comunidades habían demostrado ser un fracaso allá por los 70.
Tal vez si, tal vez no era el momento.

Colgada de la penumbra de la noche la araña teje la trama de su trampa. De igual manera lo hace la vida. Y así quedamos enredados ente el pasado nunca abandonado y el futuro que jamás llega.  Culpas e ilusiones se entremezclan con nuestros anhelos de tal manera que muy pocas veces nos damos permiso para vivir el presente, para disfrutarlo…
No es ayer, porque ya fue, no es mañana porque ya vendrá. Es ahora, nuestra vida es tan sólo ahora y esos dos fantasmas que nos acompañan debieran ser una guía y no una pantalla que nos impida tomar contacto con nuestra realidad.
Nada nuevo. Lo repiten los maestros Zen hasta el cansancio, cuando comas come, cuando barras, barre.
Nada nuevo. Lo dicen los viejos chamanes, la muerte camina a tu lado. ¿Era a derecha o izquierda? No importa, porque ya no te queda tiempo para dudar. Es más, ya no te queda tiempo…
Lo que no fue ya no será. Pero seguro será algo distinto, algo nuevo.
Lo que planificaste para tu vida no sucedió, o no como tú lo querías, fue de otra manera.
Lo mejor que viviste no tenías ni pensado que pasaría. Ni te lo imaginaste.
Transitamos nuestro camino sin saber a dónde vamos y eso está muy bien. Pero asegúrate de seguir tu camino, porque transitar el de otros, eso está muy mal. ¿Y cómo saber cuál es mi camino, cuál es mi destino?
En realidad es como un laberinto con encrucijadas que no llevan a ningún lado.
Parece oscuro aunque en realidad está siempre iluminado.
El que te diga: es por acá, miente. Te está engañando.
¿No sabes a dónde vas? Pregúntale a tu corazón y a tu alma, porque sincerarte contigo mismo te hará muy bien, aunque esto tampoco sea la respuesta.
Tu camino está en polvo que retuvo la impresión de tu última huella.
Tu camino son esas perlas que vas ensartando (muchas o pocas) y que te dicen que la vida vale la pena ser vivida.
¿Que no vale la pena? Entonces, no tienes memoria, toma un tónico. O quizás te atas al dolor y a la complacencia. Es más fácil quejarse para que los otros trabajen para nosotros.
Vamos, despabílate, lo más increíble de todo es que ni tú ni yo tenemos la más remota idea de qué va a pasar.
¿Que sientes que perdiste el rumbo, las riendas de tu vida? En realidad nunca las tenemos, es una ilusión. Pero en todo caso aguarda, espera hasta que tus cosas vuelvan a tener un sentido para ti. No importa si tienes que esperar años.  Es necesario para que madures y evoluciones.
A la araña no le importa que la lluvia y el viento hoy rompan su tela. La volverá a tejer mañana.