lupa.jpgLa selva rodea al grupo que avanza por el sendero. Yo la pensaba distinta y me sorprende.  Respira,  respira verde. Nos envuelve como un gran útero verde. Verde el piso, las paredes y el techo. Los animales no se ven, se escuchan o se intuyen.
Estoy con un grupo que hace experiencias con Ayahuasca en medio de la Selva Peruana. La mayoría somos mujeres de distintas edades y con distintas vivencias dentro de lo espiritual.     ¿Voy a describir ahora la experiencia con la soga de los muertos? No. Te voy a contar una historia más pequeña.
Ana María (el nombre es falso) resopló durante todo el viaje su cansancio y sus años. Entrada en carnes avanza bajo el calor apremiante pero no imposible cargada con un enorme bolso de cuero que bien podría haber dejado en el hospedaje y que lleva siempre a todas partes. Yo viajo liviana porque tengo algo de experiencia. Es una pequeña caminata de un par de horas de ida y otras tantas de vuelta luego de un descanso en un lugar de recreo. Mi mochilita sólo tiene tres cosas: una botellita de agua mineral, papel higiénico y un Mickey Mouse estampado.
Ana María comienza a retrasarse en la columna  y pronto está cerca. Y empiezo a rezongar conmigo pero ya lo estoy diciendo:
-Ana María ¿No querés que te lleve el Bolso?
El calor ya la ha vencido, por eso se separa de lo inseparable y me entrega la carga. Y la carga pesa como una tonelada. Me falta una hora para llegar al lugar a donde vamos y desgrano hipótesis acerca de cuántas y qué tipo de cosas puede llevar en esa cartera. Imagino un termo enorme y un mate como para veinte personas pero igual no alcanza.
No te puedo describir el alivio que sentí al llegar al recreo, y el mismo alivio sienten todos que se desploman en los bancos y se beben de un trago su jugo de naranja.
Y es precisamente un hombre del grupo que irrumpe con un interrogante trivial pero que resultará revelador y lo dirige al guía peruano.
-¿Sabés el nombre de esta flor?
Entre su dedo pulgar e índice sujeta una pequeñísima flor amarillo verdosa. Vaya a saber porqué le llamó la atención. 
El guía ya nos ha deleitado desde hace día con una excelente oratoria y un conocimiento de años de preparación. Brillante. Tal vez por no opacar lo que fue su impecable trabajo hasta el momento es que responde:
-No te lo puedo decir sin una lupa.
Una lupa enorme como un plato de té aparece como salida de la nada de la mano de Ana Maria. Todos la miran asombrados. Yo y el guía la miramos furiosos.
No recuerdo cuál fue la respuesta final del guía, ni tampoco si volví cargando aquel bolso, pero si recuerdo que del mismo saldrían en otras circunstancias un martillo, una pinza y no sé cuántas herramientas más. El marido ya fallecido había sido cerrajero y ella nunca pudo dejarlo ir.
Amor, locura, apego. Una mezcla de todo. ¿Fue en busca de la Ayahuasca para reencontrarse a través de esa otra realidad con él o para de una vez por todas dejarlo ir? No lo sé, y esa fue en realidad su experiencia y no la mía.
MI experiencia fue reconocer que todos de algún modo arrastramos ese bolso pesado y grandote, lleno del pasado, lleno de cosas que tal vez ya no necesitamos, que ya no son imprescindibles para que sigamos viviendo, lleno de cosas que deberíamos dejar ir para que la vida no nos pese tanto. Si, no lo sabemos pero todos en  ¨El Viaje¨ llevamos un bolso pesado y grandote.