china.jpgMaestro Lin solía tener cerca suyo algún paisano que lo acompañaba en diversas diligencias.  Ocasionalmente alguno de estos se sentaban y miraban nuestras prácticas. Nosotros, jóvenes y entusiastas lo mirábamos pensando que podría ser un ¨tapado¨, un maestro de kung fu que no se quería mostrar como tal en un lugar que no era el suyo. Con el tiempo aprenderíamos que éste no suele ser el temperamento de los maestros chinos. Suelen tener un temperamento fuerte, combativo, un ego bien desarrollado que les impide pasar desapercibidos. El andar de estas personas suele ser elástico y marcial y los gestos ampulosos.
A Chang lo fuimos conociendo de a poco. Era un chino de mediana estatura, muy delgado, muy reservado, con un ojito levemente desviado.
El maestro nos lo presentó como un Gran Maestro (siempre era muy generoso con sus paisanos), y los muchachos empezaron a entusiasmarse hambrientos de técnicas nuevas.
Chang hizo caso omiso a las invitaciones que se le hicieron para que mostrara algo de su estilo, se escudó detrás de su idioma y no reveló nada en forma inmediata. Lo fuimos conociendo de a poco.
Parte de nuestra práctica cotidiana consistía en peleas de contacto pleno. Un par peleaba, otros miraban, muy raramente nos lastimábamos pero en aquella oportunidad un contrincante tuvo mucha suerte y supo poner un muy buen golpe recto al mentón. El que tuvo mala suerte calló cuan largo era y no lo podíamos despertar. Chang se acercó tan silencioso como era y sentó al desmayado en el suelo. Otros dos compañeros lo sostuvieron. Chang se alejó un poco, arrodillado atrás del muchacho. Su mano dibujó un círculo a la altura de su oreja y se proyectó como una víbora en ataque. Su dedo índice tocó un punto, uno sólo en la espalda del que estaba inconsciente y éste pegó un salto en el suelo y abrió los ojos súbitamente. Chang le había devuelto la conciencia de la misma manera como yo enciendo mi televisión.
Pasó un tiempo y me tocó a mi. En una práctica contra la bolsa me había entusiasmado tanto que terminé por lastimarme. Mi pie derecho primero se hinchó al doble de su tamaño, luego se puso azul y después aunque el hematoma se fue con baños de agua y sal me dolía cuando lo apoyaba y prácticamente no podía practicar. No hizo falta que le pidiera ayuda, él se ofreció.
Su mano derecha describió una serie de círculos y arabescos en el aire y se proyectó contra mi pie desnudo. Su dedo subía y bajaba como el de un mal mecanógrafo, yo veía estrellas pero confiaba. No tardó mucho y al día siguiente mi pie estaba casi perfecto.
En cuanto tuve a tiro al maestro  le pregunté por la insólita digitopuntura de Chang y fue generoso con su explicación. Me contó que en Taiwan el taoismo había desarrollado una modalidad de espiritismo. Algunas personas dotadas en determinadas ceremonias incorporaban espíritus y ese fue el camino de mi extraño médico. Fue a raíz de estas prácticas que Chang enloqueció temporalmente y con el tratamiento adecuado pudo salir adelante. De su capacidad/incapacidad devino el insólito método de curación porque si bien le estaba prohibido incorporar podía ver el camino de la energía en el cuerpo y los lugares de bloqueo. Sí, los meridianos y la energía fluyendo a través de ellos se pueden llegar a ver. Chang lo hacía.