Si bien tuve pocos encuentros con ella en mi vida, mi abuela Eugenia tenía una profunda presencia en mi persona como en todos los demás primos. Era una viejita ya encorvada, muy callada, casi no hablaba. La recuerdo silbando rumbo a los corrales acarreando dos pesados baldes con la comida para los chanchos.
La ilusión de mis quince años no fue la gran fiesta. Yo quería el viaje, volver al campo, ver a mi abuela, comer pasteles. Me había hecho mi propio vestidito blanco, sencillito, una telita estampada con hojitas de todos colores. Me iban a hacer una cena con el tradicional bizcochuelo bañado de blanco. Estaba bueno pasar la nochebuena en el campo.
Pero aquel día me levanté especialmente triste. A la tarde la tristeza se hizo más profunda, más solitaria. Me inundaba y no podía saber por qué. Me brotaba del pecho y se desparramaba hacia todo el cuerpo. Al llegar la noche el sentimiento seguía ahí, pero igualmente me calcé el vestido y me fui al comedor con la mejor intención de pasarla bien.
Fue cuando me sentaron a la abuela delante que lo supe. Le vi los ojitos celeste cielo y lo supe.  Rompí a llorar sin poder contenerme, y no se cuando, si antes de ese llanto o entonces pero ella también lo supo.
Todos vinieron a preguntarme que me pasaba y yo les dije que no sabía. Ella no pasó muy bien esa noche y a la mañana siguiente todos me lo recriminaron. Ella no dijo nada.
Cuando estábamos por volvernos del viaje me llamó en privado a su habitación. En sus manos había un par de aros de oro, como dos gotas de lágrimas. Los quise rechazar pero insistió. No me dijo nada pero recuerdo muy bien su rostro en ese momento. Se le mezclaban a la viejita los sentimientos y me los mostraba todos.
Mamá tuvo que volver a Entre Ríos a los pocos meses porque la abuela se enfermó. Nunca más se levantó. La internaron e intentaron animarla para que volviera a su casa. Entonces habló.
Le dijo al hijo que la cuidaba que ya era su hora, lo sabía y se tenía que ir. Le enumeró las cosas que quedaban pendientes en la chacra para que se ocupara. Que no se olvidara de la chancha que iba parir.
Esa noche partió.
¿Los aros? Se los llevó una de las tantas crisis económicas a las que nos tiene tan acostumbrados este país. Pero el recuerdo de mi abuela sigue aquí.