El bisabuelo Melchor no dejó mucha huella en este mundo porque siempre se habló muy poco de él en la familia. Sólo mi padre lo menciona. La foto lo muestra no muy alto, muy delgado, quemado por el sol, el pelo ya muy blanco, las orejas en pantalla que afortunadamente no heredó nadie. Lamentablemente nadie heredó su talento, que es la única anécdota que tengo de él. Dicen que curaba al ganado abichado. Lo iban a buscar y se lo llevaban adonde estuviera la hacienda enferma. El viejo se paraba mirando el ganado, rezaba vaya a saber qué oración y enseguida se escuchaba. Plop, plop, plop. Los gusanos cayendo muertos en el suelo.
La abuela Eugenia curó a muchas personas a fuerza de obligación. Viuda dos veces, catorce hijos, en medio del campo, aprendió necesariamente fitoterapia, a medir el empacho y quién sabe cuántas cosas más. Era menudita, de unos increíbles ojos celestes. Su anécdota fue la vez que le trajeron un chiquito algo grandecito ya desahuciado por el médico en trance de muerte. Mi abuela según me cuentan lo que hizo fue colocar hojas de repollo caliente en el pecho, soplar su aliento sobre la boca del pequeño y  arroparlo con una manta, se lo acomodó en el regazo y durante mucho tiempo, tal vez horas no dejó de mecerlo cantándole canciones de cuna. 
El chiquito se sanó.