burro.jpgMi abuelo paterno tenía un talento espectacular para el chiste oportuno, la observación irónica y la picardía. Y era el de los cuentos de aparecidos.
Este es el que más me gusta, y es verídico.

Victoria en la Provincia de Entre Ríos es una bella ciudad que hoy es conocida por los investigadores del fenómeno OVNI por su pródiga casuística. La entrada al pueblo es muy bonita, las estribaciones de las cuchillas de Montiel hacen que el camino parezca una auténtica montaña rusa.
En un monte cercano, alguien abrió un camino separando la arboleda.
En la ciudad, que en aquellos años era mas bien pueblo, empezó a correr el comentario de que varios vecinos se habían encontrado con un hombre que montado en un burro cruzaba el camino. Nadie lo conocía, no se sabía de donde venía ni hacia donde iba, y tampoco lo averiguaron por más que intentaron seguirlo porque los que se atrevieron a hacerlo terminaron locos o muertos. 
En el Almacén de Ramos Generales y Pulpería, era muy común el truco, la caña y la ginebra, los cuentos y los desafíos. El comisario, como la ciudad era muy tranquila y como era costumbre solía tomarse allí su medida de caña todos los días. El tema surgió entre los presentes, mitad desafío, mitad reclamo hacia la autoridad. El comisario entendió el mensaje y les dijo a todos que él lo iba a detener. Montó su caballo y salió al encuentro del hombre misterioso.
Lo encontraron al día siguiente tirado en el camino, inconsciente y con la ropa hecha jirones.
Cuando finalmente pudieron reanimarlo el buen hombre sólo balbuceaba. Hacía desesperados intentos para comunicarse pero sólo salían de su boca palabras sin sentido.
Fue trasladado a Rosario del Tala para tratamiento, hasta que pudo recuperarse y volver a Victoria.
Cuando le preguntaban por lo que había pasado en aquel encuentro siempre contaba lo mismo:
Lo espero junto al camino un buen tiempo, pero como todos los días el hombre montado en su burro apareció y venía hacia él. Por tres veces le dio la vos de: ¨Alto quien vive¨, pero aquel extraño hombre ni se inmutó. Sacó el revolver y le vació el tambor. Luego, decidido, desenvainó su facón y arremetió contra su oponente. El cuchillo largo se hundió con el mismo sonido que si hubiese atravesado un cuero seco. Aquel aparecido, o el diablo mismo, sonaba a hueco. 
Volvió a la carga repetidas veces, tanto sobre el hombre como sobre el burro, y por más que apuñaló aquí y allá no logró nada y finalmente él mismo cayó sobre el camino exhausto.
En ese momento, mientras él estaba tendido en el suelo, el dueño del burro desmontó y se acercó para decirle algo al oído.
Nunca nadie pudo saber qué fue lo que aquella aparición le dijo al comisario, porque cada vez que lo quería contar, sólo podía balbucear.