Angelitos se denomina en el norte del país a los niños que mueren pequeñitos. Estos angelitos le dieron un dolor de cabeza a los protagonistas de estas pequeñas historias.

El camionero avanzaba por una de las tantas rutas de Entre Rios cuando oyó clarísimo el llanto de un bebé.  Se detuvo apagando el motor del vehículo para escucharlo mejor pero el llanto había cesado. Pensó que había sido una mala jugada de la soledad en la ruta y prosiguió su camino. Al poco rato volvió a escucharlo. Se detuvo, y se bajó para revisar si de casualidad no le habían dejado abandonado a algún bebito en el espacio que hay entre la caja y la cabina. Nada.
Reanudó su viaje, pero al poco tiempo lo escuchó nuevamente. Cansado ya, se bajó y revisó el camión por completo sin encontrar nada. A partir de allí no volvió a escuchar el llanto de la criatura pero nunca supo qué fue aquello.

Es muy común en la zona de bañados y de islas que se deje pastoreando ganado varios días en alguna isla en particular. Los dueños de las reses dejan sus casas, van a ver su ganadito y pasan allí algunos días si el tiempo lo permite y aprovechan para pescar.
Por eso este par de paisanos se encontraban de noche asando unos pescados cuando los sorprendió el llanto de la criatura. Como pudieron buscaron durante toda la noche al bebé abandonado pero la vegetación y la oscuridad les impidieron dar con el niño.
Cuando amaneció y tuvieron más claridad lo único que descubrieron fue un pequeño cajoncito blanco enhorquetado en las ramas del árbol bajo el cual habían pernoctado. Seguramente el féretro había sido arrastrado por alguna crecida importante del río hasta ese lugar. Lo que nunca tuvo explicación fue el llanto que escucharon durante toda la noche.