En cierta ocasión acompañé inocentemente a un amigo  a visitar a una señora de su conocimiento recientemente viuda, pensando que se trataba simplemente de una visita de cortesía y para acompañarla en su dolor, amén de decirle alguna que otra  palabra de consuelo.
Imprevistamente, junto con otras dos personas más, me encontré a mi misma en medio de un segundo velorio, donde algunas botellas de anís que aportó la señora aflojaron la verboragia de mi amigo que ya no quería irse y las penas de la señora que no paraba de llorar y afligirse por su compañero ya desaparecido. Los demás observábamos todo con respeto y escuchabámos solemnemente la historia de amor que había vivido la viuda con el que fuera el amor de su vida y cuya pérdida no podía soportar.
La conversación siguió durante horas alrededor de la misma temática entre la señora y mi amigo sin que nadie los pudiera apartar del tema, aunque intentáramos desviar la conversación hacia otros caminos, pero sin éxito. El dolor se desgranaba sin barreras entre lágrimas y recuerdos.
Eran ya las tres de la mañana, pero yo pensaba que la noche iba a ser muy larga. La conversación se tornaba  monótona por la falta de variantes y aplastante por la temática y el sufrimiento contenido en la misma. Fue entonces cuando sonó.
Un reloj despertador retumbó en la noche a las tres de la mañana y todos nos quedamos helados. Estoy segura que los allí presentes pensamos los mismo. ¿Quién pondría un reloj para que suene a semejante hora?
La viuda estaba blanca como una vela.
-¿Cómo puede sonar ese reloj si no tiene pilas? Ese reloj era de mi marido y no lo pude usar más.- Lo retiró de una repisa y lo sostuvo entre sus manos asombrada.
-¿No ven? Si no tiene pilas.
Quizás el marido quiso manifestarle de alguna forma que aún estaba cerca acompañándola. Quizás intentaba pedirle que no sufriera inútilmente.
Lo cierto es que a partir de ese momento la reunión se disolvió y cada uno marchó rápido a su casa.