Aquel viaje lo hice sola y desde tiempo atrás me venía mucho a la cabeza la idea de estar cerca de chicos, o de trabajar enseñando Artes Marciales a chiquitos nuevamente. Será por eso que estuve rodeada de ellos.
Desde el viaje en  micro donde madres desesperadas se llevaban a criaturas rehenes de matrimonios que se derrumbaban, a un viaje por tierra de cuatro días sin saber si al llegar a su país de origen el chico quedaba con ellas o sería devuelto a su padre biológico en Argentina. Esto dependía si el pedido del juez había llegado o no a la frontera.
En Arequipa en una plaza llamada San Francisco todas las escuelas llevan a los chiquitos a comer sus almuerzos. De casualidad me senté cuando todo estaba vacío y de inmediato llegaron los micros y filas y filas de niños con los más diversos uniformes se sentaban a mi alrededor y desplegaban sobre sus faldas sus luncheras y se pasaban que un sandwich, que un dulce. Mientras las maestras intentaban poner orden y evitar que hubiera ese trueque de alimento.
-Niños, cada cual comiendo lo que les ha dado sus madres.- Gritan mientras el pasamanos continúa insolente.
Una larga escalera que me ha costado muchiiiisimo ascender lleva desde mi hostal hasta Saqsaywaman, tardo en subirla porque el oxígeno no llena mis pulmones. Al otro día veo como una multitud de chiquitos con sus cometas suben esas mismas escaleras como una exhalación.  Hacía tanto que no veía barriletes. No son como los que hacía con mi primo, estos tienen forma de pájaros.
Mi gran conquista de este viaje es Eusebio. No debe llegar a los cinco años y va por las mesas de los restaurants con un cajoncito de madera colgado al cuello, donde tiene caramelos masticables prolijamente acomodados y los cuales no ofrece. Su técnica es pararse cerca de su cliente y poner carita de cachorro perdido. NO falla. Todo el mundo le compra mas de un paquetito.
¿Que cómo es Eusebio?. Es un serrano. Un aborigen distinto a los de mi país o a los que uno espera ver en Perú. su piel muy clara, casi blanca; la nariz bien respingada, los ojos almendrados pero en posición diagonal, como los orientales pero sin el pliegue tan característico  en el párpado superior, los labios bien carnosos.
Eusebio viene a mi mesa y yo lo chantajeo, le compro sus caramelos pero le pido un beso. Nos vamos a encontrar muchas veces y lo del beso le va gustando cada vez menos.  Finalmente, al encontrarme en la calle con su mejor carita de situación se hace el que no me ve y da la vuelta para hacer mutis por el foro.
Sin embargo lo fantástico llega otra vez arriba, en las ruinas. Me encanta ir simplemente a pasar el día, a dejar que las horas corran sin hacer nada más que ver a los turistas ir y venir en contingente tras contingente. El cielo está tan cerca..
Aquí y allá, un par de carritos hacen las veces de kioscos y me acerco a comprar una golosina y una gaseosa. Pregunto el precio de un par de productos y la respuesta junto con el total de su suma me lo da la hija, no la madre. Los ojitos le brillan a la nena que como mucho tendrá siete años y le adivino el juego al instante.
Juntas jugamos a las matemáticas, elijo de a dos, tres, cuatro golosinas y ella me da con velocidad de computadora precios y totales entre risas mutuas y miradas cómplices.
-Así también es en la escuela, señorita. Muy buena alumna.- Me cuenta la madre.
Yo me voy felicitándola y llevándome mi gaseosa. Y me voy contenta, aunque no es mi sangre la siento mi semilla, lo que nos continúa a todos y no puedo dejar de lado la reflexión. Tan frágil y tan talentosa, tan plena de desarrollo en potencia y tan incierto su destino por lo aparentemente precario de su condición socioeconómica. Un poco y mucho de eso es también mi América Latina, tan linda y tan sufrida.