Se llamaba Gladys y trabajaba momentáneamente en el albergue de la Selva en la cocina. Por eso seguramente su remera estaba con manchas de aceite, igual que las que yo o cualquier ama de casa usa para hacer los quehaceres domésticos, sin embargo las mujeres del grupo en el que viajábamos no se lo perdonaban. Y eso que éramos de la nueva era, espirituales, pro chamanistas no alcanzaba para aceptar las diferencias.
Porque aparte Gladys era aborigen, y se le notaba mucho. El cabello, el color de la piel, una dentadura no muy prolija. Sería por eso que a sus espaldas le decían ¨la india¨, ¨la negra¨, ¨la cocinera¨, con un tono irrespetuoso y suficiente. Sería por eso que me resultó simpática y la buscaba para conversar, me sentía más a gusto con ella que con el grupo.
Paradójicamente en aquel hotel también había un matrimonio muy joven de norteamericanos, ellos solitos entre tantos argentinos. Y digo paradójicamente porque nos miraban a nosotros de igual modo que mis compañeros la miraban a ella. Fruncían la nariz y ponían cara de reprobación.
No se si Gladys se dió cuenta de la interna en su contra, pero sorprendió a todos cuando durante la caminata en la Selva donde se nos describe propiedades y características de algunas plantas insólitas, ella hacia la traducción en un muy buen inglés a la pareja de norteamericanos.
En cuanto hubo una pausa me acerqué y la felicite, y le pregunté un poco por su historia personal. Averigüe que tenía su título Universitario y que también era madre soltera. Su condición así como sus raíces y las pocas posibilidades de progreso en su país le habían impedido desarrollarse en su profesión.
Muchos de los argentinos que viajábamos no teníamos ningún estudio universitario.
Alguien se me acercó y me dijo asombrada
-Viste a la negra como habla inglés.
-Si y es universitaria. Es decir, está más preparada que vos.