Nunca los vi tan directamente como para decir que usan pequeños trajes verdes, si se ven viejos o jóvenes, si tienen caras de malos o de buenos.
Pero si se que habitan en nuestra casa, de la misma manera silenciosa e invisible que lo hacen los ácaros. A veces se dan a conocer.
La primeras señales fueron pequeñas cosas que desaparecían sin razón y las daba naturalmente por perdidas.
Recuerdo en particular un pulsera de cuentas de madera, un rosario de madera budista, que acostumbraba dejar en la mesa de luz junto con uno que otro libro. Una mañana no la encontré y revolví la casa buscándola. Revisé absolutamente todo. Hice una limpieza a fondo. Interrogué a mi madre. Finalmente me di por vencida.
Apareció la pulsera días después en el mismo lugar  y en la misma posición que recordaba, lugar que revisé una docena de veces. Tomé a partir de entonces la costumbre cuando pierdo o no encuentro algo de pedirle con una pequeña e introspectiva oración a los duendes para que me devuelvan lo que se llevaron y las cosas aparecen más rápido.
Uno, travieso, me pegó un susto en el baño.
Estaba sentada en el ¨trono¨ cuando veo asomarse detrás del barral de la toalla de manos una esfera oscura y peluda que se deslizó por detrás de la toalla haciendo que esta oscilara, pero cuando ¨eso¨ debía caer al suelo no alcancé a distinguir nada.
Apresurada, me levanté y busqué por todo el baño a la monstruosa araña con la cual mi razón intentaba explicar la experiencia.
Jamás la encontré.
Un caso presunto de duende fue ocasionado a raíz de un Ekeko que llegó a casa no me acuerdo cómo, pero que esperanzados de alguna ayuda económica solíamos ponerle algún cigarrillo que el muñequito se fumaba y le dejábamos de tanto en tanto un platito con fideos hervidos. No recuerdo si el fetiche sirvió para que apareciera en mi casa la plata, lo que si recuerdo es que desaparecían los fideos.
Con mi hermana, ambas éramos chicas, decidimos hacer un seguimiento del fenómeno para dilucidar el misterio, así que nos turnábamos durante el día para vigilar al Ekeko y sus fideos. 
El culpable no fue el duende sino la gata de la casa que sigilosamente se acercaba al platito. Merlina (no en honor al mago sino a la hija de los Locos Adams), succionaba los fideos al mejor estilo de Dama y Vagabundo de Disney. Jamás se nos había ocurrido que a un gato le podían gustar los tallarines.