En el principio fue un punto ubicado en ninguna parte y en todas al mismo tiempo, siendo a la vez la nada y el todo. Era luz y era silencio, era sonido y oscuridad. En un tiempo sin tiempo, y en un momento sin principio y sin final irradió hacia afuera y hacia adentro su simismo y comenzó una etapa de feroz actividad. Su ámbito de acción fue un círculo de diámetro infinito y cuyo perímetro no está en ningún lugar, pero que todo lo rozaba y lo sigue haciendo aún en la actualidad, sino, no habría hálito vital. Su actividad dio origen a que elementos antagónicos comenzaran a diferenciarse sin estar separados, interpenetrados unos con otros, menguando unos a otros, generándose mutuamente en polos opuestos. Estas polarizaciones siguieron su danza de diferenciación y del balanceo constante hacia un extremo y hacia el otro encontraron un instante de encuentro en el medio, dando origen a algo nuevo e insólito independiente del punto central. Otros instantes de equilibrio y desequilibrio se sucedieron. El triángulo metafísico dio origen a un cuadrado perfecto que contuvo al círculo, pentágonos, hexágonos y otras tantas figuras contuvieron estrellas de otras tantas puntas. A medida que la danza se hacía cada vez más complicada y diferenciada, tiempo, espacio y materia aparecían en escena. Pronto surgió una cabeza, unida a un cuerpo, unido a un par de manos y piernas. En su corazón, un punto igual a aquel anterior, que no recuerda tener, por eso lo busca en todas partes menos en él mismo. ¿El círculo? Lo convoca desde todas partes, por eso siempre está en movimiento, viajando, explorando, aventurándose. Sin embargo, bien se sabe que lo encontraría fácilmente sólo con estarse quieto.