Dicen que no es bueno callarse cosas que en realidad desean comunicarse y esta experiencia es un claro ejemplo.
Le pasó a mi padre.
Cerca de mi casa vivía una familia, muy conectada a mi papá porque eran del mismo pago, e incluso el jefe de la misma lo acompañó a su primer viaje a Buenos Aires cuando apenas tendría unos siete años.
Periódicamente nos visitábamos y en una de esas tantas visitas papá antes de ingresar a la casa de estos vecinos se topó con una cuñada de ellos. Era una mujer jóven, de piel muy blanca y cabello oscuro, bajita y gruesa. Había estado en tratamiento psicológico debido a algunos problemas emocionales.
La señora que estaba sentada delante de la casa se levantó y avanzó hacia mi padre con clara intención de hablar con él, pero en ese momento el dueño de casa salió y al verlo mi padre le hizo seña a la señora que hablaría con ella después. Cuando finalmente se retiró no la vió y luego se olvidó completamente de esa conversación que nunca se llevó a cabo.
La señora se suicidó en la estación de trenes.
El shock fue para todos por igual pero algo más le comenzó a pasar a mi papá. Cierta noche se despertó y vio una figura oscura parada al lado de su cama. Rápido manoteó el velador y al prender la luz no vio nada. Pensando que podía tratarse de un sueño o de un error, volvió a dormirse profundamente. Pero volvió a pasar.
A partir de esa noche ese juego de la presencia al lado de la cama y de manotear la lámpara de su mesa de luz se repitió muchas veces, cada vez con más frecuencia.
No conforme con sorprenderlo durante su descanso, comenzó a importunarlo mientras se bañaba. Él cerraba los ojos mientras se duchaba y no dejaba de sentir su presencia que lo observaba.
Finalmente una noche se despertó sobresaltado sintiendo que unas manos le aferraban los pies y nuevamente al encender la luz nada.
Asustado, cansado y al borde de un ataque de nervios recurrió a una vieja vecina medio curandera, medio bruja y le contó su peripecia.
-¿Sabe qué pasó Don Luis? Esta señora quería contarle algo, quería pedirle alguna cosa. Lo que tiene que hacer Ud. la próxima vez que se le aparezca es pregúntarle qué quiere.
-No Doña María, ni loco! Lo único que quiero es que no me moleste más.
-Entonces insúltela, insúltela bien, con las peores palabras. Y dígale bien clarito que se marche y no vuelva más, que Ud. quiere que lo deje tranquilo.
Y así lo hizo.
Y no apareció nunca más