El micro nos fue llevando en el acostumbrado tour en los alrededores de Cuzco hasta un templo que hoy es conocido como el “Templo de la Luna” o “Cueva del Mono”, aunque su nombre original se ha perdido como el de tantos otros lugares sagrados como así también el verdadero uso dado en su tiempo de esplendor.
Consiste en un peñón tallado que en su parte inferior poseía un pasaje que comunicaba sus dos caras, hoy clausurado luego de un terremoto que deslizara una enorme piedra bloqueándolo. Posee también dos ambientes labrados en el interior al que se le atribuyen funciones estrictamente religiosas. En el ambiente del nivel mas alto hay talladas plataformas y hacia el techo un tragaluz que a la media noche de la luna llena más cercana al solsticio de invierno permite que el interior de la cueva se encuentre plenamente iluminado, fenómeno por el cual hoy se lo nombra.
En aquella época habíamos atravesado el pasaje y estábamos dirigiéndonos hacia el templo superior por un sendero de fácil acceso, delante mío avanzaban otras compañeras de viaje cuando un suave aroma nos envolvió. Para algunas de nosotras eran lilas, para otras rosas, lo cierto que el perfume nos alcanzaba fácilmente cuando lo percibíamos y se tornaba rebelde cuando nos esforzábamos por encontrar su origen. Pronto el guía nos alcanzó y al instante lo sorprendió el aroma. Y digo que lo sorprendió porque el peñasco no podía ser más árido amén que nos encontrábamos en plena estación seca, en la cual la vegetación se marchita y prácticamente desaparece.
Intrigado manoteó un par de flores silvestres que en absoluto poseían perfume alguno.
-Debe haber sido alguna de las señoras que pasaron antes que ustedes.
Nadie había pasado antes que nosotras, y no hay perfume que perdure tanto. Para cerciorarnos nos olimos unas a otras pero ninguna estaba fuertemente perfumada y menos con algún perfume similar.
Vencida la razón y la lógica el guía tuvo que ceder aceptando que un fenómeno especial se estaba manifestando.
-Es la Pachamama.-concluyó finalmente.
Cuando llegamos al interior del templo todo el piso estaba regado por hojas de coca. Alguien antes que nosotros había bendecido el lugar con la planta sagrada de los incas, y en aquel lugar nosotros realizamos una meditación con la mejor ambientación que hubiésemos podido imaginar.
La espiritualidad tiene esta cosa de no poder dar la resultante precisa para la inquietud que la origina. Una presencia luminosa se había hecho presente atraída por nuestro desarrollo o por el de aquellas que habían estado en aquel lugar antes que nosotros, o por la sumatoria de ambos. O alguien en nuestro grupo con un fuerte potencial paranormal y motivado por las circunstancias había plasmado aquel perfume. O, mi preferida, llegamos en el momento y al lugar indicado para que nos dieran una maravillosa bienvenida.