Al final de uno de los tantos viajes por Perú y con una tarde libre tuvimos la clásica idea que cenar en uno de los tantos restaurantes que rodean la Plaza de Armas de Cuzco.
Pero una de las personas del grupete de turistas que formábamos quería comer acompañada por la música de uno de los tantos y excelentes grupos folklóricos que se ganan su platita tocando para los turistas.
El asunto fue que recorrimos de arriba a bajo la plaza y debido a que era demasiado temprano o andábamos con mala suerte no encontrábamos la música buscada.
Hasta que finalmente dimos con uno. Presurosos nos acomodamos en una de las tantas mesas y no termino de sentarme cuando ¨siento¨ (si, siento; no escucho) que el último de los cinco muchachos que estaba tocando en ese momento piensa: ¨Bueno, esta es la última que tocamos y nos vamos al otro lugar¨.
Alcanzo a decir: ¨Me parece que nosotros llegamos y estos ya se van¨.
Chan chan. Los compases finales y uno de los músicos que agradece a todos por haberlos escuchado acompañado de un ¨esto ha sido todo por hoy¨.
-¡Bruja!- Me bautiza molesta la señora que deseaba cenar con melodías mientras que en las mesas contiguas estalla una que otra carcajada.