Angustiada, ansiosa, victima de sucesivas crisis nerviosas, eternamente al borde de un ataque de pánico, aterrada, recelosa, desconfiada, con una terrible incertidumbre; una amiga ha sido abandonada.
Luego de muchos años de casamiento, su pareja en eterna crisis como tantos otros matrimonios decidió romper con la rutina, armó las valijas, dejó la casa, buscó una novia y planteó primero una separación y finalmente el divorcio.
Ama de casa desde hace siglos de pronto debe moverse entre abogados con mensajes contradictorios, algunos falsos. De depender de la entrada mensual del marido ahora debe resolver su jubilación, su alimento, sus gastos, sus días, sus soledades y sus vacíos.
Y entonces recuerda un ejercicio que practicáramos años atrás.
Buscó en su imaginación un lugar bonito y en el suelo de ese paisaje ideal extendió un pañuelo blanco, sobre el dejaría las cosas negativas de su vida, para luego formar un paquete y deshacerse de él como le viniera en gana: enterrándolo, quemándolo o entregándolo a un curso de agua.
De ese modo entonces extendió el pañuelo, colocó los miedos, las mentiras, los rechazos, el enojo, el odio, la pelea, la angustia, el insomnio. Y de pronto colocó algo que no sabía que todavía tenía. Al final de ese rosario colocó el amor que sentía por él y que había quedado debajo, oculto por todos los problemas de su vida matrimonial.
Por supuesto. Lloró mucho.