Fuimos compañeras de un viaje a TaiWan para un torneo de Kung Fu. Viaje que fue toda una aventura, compartimos habitación y aprendizaje pero no teníamos demasiado en común a mi juicio y pese a la convivencia yo sentía que no terminábamos de sentirnos cómodas la una con la otra. Nunca se lo plante porque una historia de amor se entretejía entre ella y un buen amigo mío en aquel momento. Los dos estaban en ese raro tire y afloje en donde los que se gustan en serio se miden, se buscan, se rechazan, van y vienen hasta que se ponen de acuerdo. Nuestra distancia bien podía ser celos infundados.
Primero fue un lunar debajo de su clavícula derecha que aumentó de tamaño. Consultó al Maestro Lin quien aplicó su terapia tradicional, pero la consulta a los médicos alopaticos reveló el diagnóstico fatal de un melanoma. Y su lucha comenzó.
Se sucedieron cirugías, internaciones, quimioterapia, etc. A través de su novio, estuve al tanto de evoluciones y pormenores, pero al momento en que comenzó a caérsele el cabello se alejó de casi todos y si bien hablábamos de tanto en tanto por teléfono no quería que la viera personalmente. Razonablemente no insistí.
Un día se paró dentro de si misma y pasó a visitarnos a su Maestro de Kung Fu y a mi. El cabello le estaba creciendo de nuevo y cuando tuvimos un tiempo a solas me pidió perdón. Me asombró pero se lo acepté. Me dijo que se había dado cuenta que se había comportado de una manera demasiado soberbia y orgullosa y que la enfermedad la había enfrentado con esa parte de su persona que no había visto antes. En aquella conversación también se abrió a revelarme heridas muy viejas que tenía, y que yo ya sabía porque el orgullo es para eso, para tapar a los demás lo desvalidos que estamos por dentro.
Lamentablemente el proceso siguió largo y penoso, un largo rosario de imágenes de su peregrinar en donde hubo depresiones, gente que se acercaba a dar palabras de aliento, otros que se peleaban muchas veces delante de ella recriminándose participaciones y responsabilidades. En medio de todo eso, esta mujer rubia, delgada y bonita de apenas unos juveniles cuarenta años veía como su cuerpo se deformaba de manera implacable debido a las tumoraciones.
Un día de los últimos volví a visitarla. Sentada a su lado en la cama y tomadas de la mano vimos su novela preferida mientras ella comía dos o tres bocados solamente del almuerzo que su madre le había preparado. En un momento me pidió que la ayudara, se paró y fuimos hasta el comedor donde tomada de la mesa comenzó a caminar con una profunda expresión de dolor en su rostro.
-Es como en Kung Fu, hay que pelearla.- me dijo.
-Tal vez Elena sería mejor el dejarse fluir, como en TaiChi.-le respondí.
Ella se quedó pensando.
La última vez que la vi ya estaba hospitalizada, inconciente la mayor parte del tiempo mientras su viejita hecha un mar de llanto no dejaba de sostenerle la mano. En un momento abrió sus ojos y saludó con una sonrisa y un beso a cada uno de nosotros y en un susurro recomendaba a su hermana que cuidara bien a sus sobrinos adorados.
El día que murió llovió a cántaros.  Sentados en el gimnasio de su novio guardábamos silencio desolados. Alguien, no me acuerdo quien, recordó un viejo dicho chino.
-Siempre que muere un Maestro de Kung Fu, diluvia.