Una vez una amiga me dijo, en reiteradas ocasiones, yo no confío en nadie porque no confío en mi misma.  A la tercera vez me di cuenta que no se prolongaría nuestra amistad por mucho tiempo mas. y que la amistad no era tan profunda como yo me suponía.
A raíz de nuestros encontronazos con las distintas situaciones de vida, y a través de golpes y decepciones construimos diversos tipos de armaduras para protegernos y separarnos o aislarnos de lo que creemos nos va a lastimar. Finalmente terminamos tan atrincherados que luego no nos damos cuenta que nos olvidamos de sentir y que por defendernos terminamos atacando, muchas veces sin razón.
Confiar sin embargo es lo que ningún esotérico, místico, brujo, mago, buscador espiritual puede darse el lujo de evitar. Porque confiar no implica entregarse mansamente a la sinrazón del otro. Allí debe actuar el discernimiento y no la desconfianza. Debe primar nuestra razón y sentir, y no nuestros fantasmas internos.
Detrás de esta frase, dicha por costumbre o por convicción, se esconde un terrible enemigo, la inseguridad. La falta de seguridad en mis propias aptitudes, en mi propio potencial no me permitirá ver que tengo todas las posibilidades para desarrollarme sin que el otro pueda impedir mi crecimiento haga lo que haga. Dejarme arrastrar por esta inseguridad interna sólo me arrastrará hacia el camino de la parálisis y de la envidia.
El místico, el buscador de lo inasible, debe confiar. Debe confiar en quien lo está guiando pertenezca al plano que pertenezca, debe confiar en su destino de permanente desarrollo, debe confiar en que sus experiencias son ciertas y no producto de su imaginación ya que no son repetibles ni mensurables y escapan al encuadre del pensamiento científico. y sobre todo debe confiar en la Fuente, Dios, Mente Cósmica, Mente Universal o cualquiera fuese el nombre asignado por nuestra creencia o nuestro conocimiento.
Esa confianza interna es el único faro que realmente alumbra nuestro camino en los momentos más turbulentos de nuestras vidas. Es lo que nos dice al oído que no estamos solos a pesar de que nadie se encuentre a nuestro alrededor. Es lo que nos rescata de las peores catástrofes. Es lo que desanda por nosotros el más intrincado de los laberintos. Es lo que nos dice que hay una vida y a pesar de todo siempre vale la pena vivirla. Es lo que nos dice que no importa hacia donde vayas y que no sepas a donde vas en realidad, siempre hay algún lugar hacia donde llegar.