Mi hogar de crianza estuvo signado por lo raro y lo bizarro. Mamá, una mujer simple, venida del campo, con un tercer grado de primaria repetido tres veces no por bruta sino porque no había en su tiempo más escolaridad para seguir. Papá con un secundario industrial trunco porque era imperioso trabajar, pero con una cultura general bastante buena que siempre lo hizo sentir superior a su compañera, más aficionada a los bordados que a la lectura. Ambos sin embargo, con mucha intuición, percepción y apertura hacia lo paranormal y lo mágico,  reunidos tal vez también como pareja por esta inclinación.
Eran tiempos del proceso militar en Argentina, y en mi casa se vivía como un tema presente y distante al mismo tiempo ya que no había inclinaciones políticas. Mi hermana y yo éramos pequeñas, tendríamos 7 y 10 años respectivamente.
Y un día apareció Jorge en nuestras vidas. Mi padre le abrió las puertas de nuestra casa desaprensivamente subyugado por aquel hombre que se decía versado en actividades mágicas. Lo mágico desde lo más primitivo de la humanidad fue identificado como un poder y a los seres humanos no seduce el poder.
Recuerdo las largas tertulias nocturnas donde ambos hablaban largo y tendido. La casa se llenaba a una incómoda atmósfera de humo de cigarrillo que fumaba mi padre, olor a vino que se despachaba Jorge y el aroma a papafritas que les cocinaba con paciencia de santa mi madre muchas veces en horas cercanas a la madrugada.
Yo no dejaba de sentirme incómoda y una sucesión de hechos me empezaron a dar la razón.
Primero procedió, según me lo contó mi papá ya que yo estaba ausente en la reunión, a quemar una foto carnet de mi padre.  La foto quedó totalmente negra pero igualmente se destacaban los ojos de la imagen, con lo cual comenzó a explayarse sobre las asombrosas capacidades que él tendría y su poder a través de la mirada. Y sí, le dio poder halagando su ego.
Luego procedió a insistir que mi hermana era víctima de un trabajo de brujería y le hizo una sanación. Mi hermana se sintió peor.
Desde mi pieza intentaba escuchar las conversaciones nocturnas y sentía como él de pronto asaltaba a mi madre con declaraciones como: ¨Usted señora no lo quiere a su marido¨. Mi madre era muy buena y muy correcta, yo le hubiese puesto la sartén con las papas fritas de sombrero.
Un día mi papá nos convocó ante su presencia para que nos vaticinara el porvenir: ¨Esta chicha (por mi hermana), va a estudiar algo muy raro. Ella (por mi) va a enamorarse de alguien que la va a dejar embarazada y va a ser madre soltera¨, me largó así nomás sin anestesia.
No sé cómo lo habré mirado, si sé que interiormente me dije ¨Hasta acá llegaste¨. Y debí haberlo mirado bastante feo porque empezó a vigilarme desconfiando de algo.
Mi hermana y yo nos aliamos. No podíamos enfrentarnos a nuestro padre que estaba totalmente seducido por este farsante y siendo tan pequeñas recurrimos a lo único que nos quedaba a mano: lo mágico.
Lo primero fue colocar escobas y tijeras abiertas  detrás de las puertas cada vez que nos visitaba. ¿Quién no lo aconsejo? No tengo la menor idea, simplemente lo sabíamos.
Finalmente ya desesperadas una noche nos rezamos juntas un rosario en el jardín, bajo una luna llena a la cual también invocamos para echar al intruso. Y dio resultado porque después de eso nunca más volvió.
A partir de allí yo aprendí que no se puede tomar como maestro o como referente a una persona que busca desunir, infundir el recelo y la desconfianza en un grupo, dividir para reinar. Una persona que trabaja para lo luminoso, para lo positivo busca unir, equilibrar energías grupales, que la comunidad cualquiera sea resuelva los conflictos en armonía. Su bien más preciado es el bienestar común y no el triunfo personal.