Luego de todo un día en Machu Picchu el guía nos sentó en ronda sobre el césped de la plaza que está pasando el Intiwatana. Sobre una manta desplegó los elementos de su mesa e inesperadamente repartió a algunos de nosotros que estábamos más próximos a él unas maracas y un tambor.
A mi me tocó una maraca…y con cuernos.
Obviamente y por una disposición personal participo siempre con absoluto respeto y convicción, pero tengo un duende adentro que se me disocia y mientras me compenetro con el momento me hace chanzas a cerca de los cuernos y mi vida personal. También me critica, tan grande y otra vez con sonajero. Y me expone la duda existencial de cómo tocarla, qué ritmo llevar, que debo ser la persona menos indicada para portar maraca porque no tengo buen oído para la música y ni hablar de ritmo. Todo esto comprimido en un segundo.
Pero estoy en un ritual, en un espacio sagrado que delimita a su vez un tiempo sacralizado; de una cultura que hoy se abre nuevamente lozana como una flor renacida de su propia semilla luego de siglos de martirio, oprobio y menosprecio.
Y ahí estoy yo con esta sonaja prestada de a momentos sacudiéndola, de a ratos trazando con ella pequeños círculos, dejándome llevar por mi instinto y mi inspiración.
Súbitamente algo irrumpe desde mi interior, o tal vez ya no recuerdo con nitidez y fue a pedido del guía esotérico que preside el ritual, lo cierto es que me dirijo con respeto a los antiguos moradores de la ciudadela, para que acudan a ayudarnos y a guiarnos en la ceremonia.
Imagino, o veo con los ojos del alma, a muchos que ya se acercan, diferentes edades, diversas vestimentas, extraños viajeros de distintas épocas. Uno en particular se acerca por detrás y lo siento muy alto parado a mi espalda. En ese momento algo estalla dentro de mí. Siento que la burbuja luminosa que rodea mi cabeza se extiende más allá de lo habitual, ha realizado una diástole y no ha regresado a su sitio habitual. Y nada más.
El ritual termina o se da por finalizado, y todos están en silencio muy metidos todavía en esa otra dimensión interior. O exterior, porque el guía ha visto algo que no puede explicar al detalle, pero que describe como un cambio en la cotidianeidad de su mesa.
y luego me olvido. Vuelvo a Buenos Aires y a mi vida trajinada hasta que en la ciudad tengo un encuentro con otro chamán peruano que ya me conoce pero que no estuvo presente en este viaje.
-Tu campo de conciencia se ha ampliado. ¿Qué hiciste?-me pregunta en cuanto me ve. Yo, inocente, le aseguro que lo ignoro ya que permanentemente estoy realizando prácticas de meditación. No será sino hasta bastante tiempo después que lo asociaré a la maraca.