No es fácil y sí lo es. Acompañar implica en primera instancia dar nuestro tiempo a otra persona y virtualmente transitar junto a él su camino. Virtualmente, porque cada uno de nosotros transita su destino absolutamente sólo, ninguno de nuestros problemas se solucionan en definitiva si no lo afrontamos de un modo personal y nos comprometemos personalmente a solucionarlos. Es cierto, que en ocasiones alguien acude a nosotros para delegar en otro la responsabilidad que no pueden asumir pero por más que nos esforcemos, si ella misma no afronta sus dificultades no saldrá de las mismas, o lo logrará en esta oportunidad pero prontamente repetirá el patrón y nuevamente estará en una problemática de igual estructura y distintos agentes. Para describir este tipo de personalidades hay un dicho chino que manifiesta que cuando uno salva una vida se convierte esclavo de aquel a quien salvo. Remisos a madurar, pueden caer en la búsqueda constante de una tabla de salvación. La mejor forma de acompañarlos es enfrentarlos a la realidad de que deben dejar de huir, hacer más implicará para nosotros un gasto de energía innecesario.
Otras personas, simplemente, necesitan un respaldo. Alguien que los aliente frente a los desafíos y los sostenga con un ¨Sí, tu puedes¨. De alguna manera son ante los inicios como pichones que se tienen que lanzar por primera vez del nido y necesitan ese empujoncito para echarse a volar.
Algunas pocas personas, lo que precisan es simplemente que se les de vía libre. Ellas se sienten mejor acompañadas desde tu no-acción. No necesitan ni tus consejos, ni que les enumeres todo lo que puede salirles mal. Sólo necesitan una palmada en el hombro si se equivocaron y que festejes con ellos si tuvieron éxito.
Recuerdo que cuando decidí aprender KungFu, mi padre me lanzó una larga conversación acerca de los inconvenientes por mi condición de mujer, por los golpes que podía recibir, por lo difíciles de mis entrenamientos. Mi madre fue la que consiguió la dirección del que fue mi primer maestro y la que me acompañó a mi primera clase.
Tal vez mamá tenía más condiciones como compañera de las que su esposo supo reconocerle. Quizás por eso nunca faltaba al lado de la cama de un enfermo o de un moribundo. Más adelante para preservarla de las largas noches en vela y de la incomodidad de clínicas y hospitales yo tomaría su lugar.
No es fácil acompañar a alguien que está atravesando un momento extremadamente difícil. Recuerdo la confesión de una alumna de TaiChi quien me comentó que inspirada en algunas premisas de los movimientos de Nueva Era decidió presentarse como voluntaria en un hospital para brindar su tiempo a enfermos terminales. Le tocó acompañar a una nena enferma de cáncer pero su estructura emocional no le permitió seguir al lado de la pequeña conforme su enfermedad se agudizó por lo que llegado a un punto crítico abandonó su tarea.
La primera reflexión que nos asalta es que debió sobreponerse y asistir a la niña. Una mirada un poco más profunda es que hizo lo correcto al retirarse de la escena. Descubrir lo que podemos y lo que no podemos hacer, con franca honestidad, reconociendo nuestras limitaciones, sin forzar las situaciones es sabio. Sin embargo, la vida que es más sabia que nosotros, tarde o temprano nos pondrá en la misma situación de manera que no podamos evadirnos.