Una premisa de psicología es que los niños hasta los cinco o siete años viven en un mundo mágico ya que interpretan que todo lo que los rodea no es otra cosa que una extensión de su si mismo. En lo personal yo adhiero a que esta etapa de la vida fue muy mágica pero debido a la gran cantidad de percepciones experimentadas en dicha etapa y que requirieron muchísimos años tener sino una explicación al menos una teoría interpretativa de mi parte.
Las describo como sensaciones, la mayoría ocurría en la etapa previa al sueño tales como sentir la sábanas tan tiesas como tablas, o tan arrugadas como los fuelles de un acordeón. En otras oportunidades la sensación consistía en sentirme tan grande que sobresalía a las dimensiones de la cama, y al instante sentirme tan pequeña que mi almohada parecía gigantesca.
A veces no se trataba de estas incómodas sensaciones físicas sino que en las paredes de mi habitación pintadas de un suave color durazno danzaban distintas figuras a manera de guardas y que por más que yo trataba no detenían su alocado bailoteo. El trabajo con plantas enteógenas me recordaría algunas de estas sensaciones, en cuanto a las imágenes si bien con las plantas son mucho más ricas y complejas, mantendrían la misma cadencia de movimiento si es que se lo puede describir de ese modo.
Obviamente y con cinco años estas sensaciones traerían también miedo, el miedo que genera lo que se desconoce y que no tiene explicación. Mi única arma de salvataje era el pedido a alta hora de la noche a los gritos a mi madre de que me trajera a la cama un vaso de agua. Ella, pobre santa y media dormida acudía y luego de bebido el líquido todo lo anterior quedaba exorcizado.
Pero una noche algo falló. Yo comencé a pedir mi vaso de agua recostada del lado mirando a la pared. Lo pedí una vez y nada, repetí el pedido y silencio. Entonces deduje que ella no me escuchaba porque la pared impedía que mi voz le llegara con nitidez así que me di media vuelta para llamarla con más fuerza y claridad, y me quedé muda.
En el medio de la habitación había una figura que no era la de mi madre. Parecía un penitente español, todo de blanco y con la cabeza prolongándose en un bonete puntiagudo. Yo no podía divisarle ni manos ni mas rasgos que los ojos y una línea azul eléctrico que lo rodeaba en todo su contorno.
Por toda reacción me zambullí entre las sábanas y debo haberme dormido mucho después que el cansancio venció al miedo. Por supuesto nunca más pedí aquel vaso de agua.