Como practicantes de Kung Fu competíamos entre nosotros para ver quien desarrollaba la mejor forma. ¨Forma¨ es el nombre que usualmente dábamos a la secuencia de técnicas, presentadas como una coreografía, algunas de las cuales eran antiquísimas, otras más modernas y desarrolladas luego de que la revolución cultural hiciera estragos en china continental asesinando a un gran número de Maestros de kunFu y el resto huyera a diversos destinos, entre ellos a Taiwán.
Cuanto más avanzado era en nuestra escuela el practicante, solía ingeniárselas para aprender de algún maestro alguna forma que luego mostraría en exhibiciones y que celosamente negaría pasar al resto de sus compañeros.
El afán que despertaba esta competencia hacía que constantemente le pidiéramos al maestro Lin más y más conocimiento, como los pichones que ansiosos e insaciables no dejan de pedir en el nido más y más alimento.
El maestro obraba siempre no según nuestros reclamos sino según su antojo de ese día. Podía reírse, enojarse y ofenderse o dedicarse de lleno a enseñarnos algo nuevo o repasar por milésima vez los ejercicios más básicos con la meticulosidad del primer día.
Una frase repetida por él hasta el cansancio era: ¨Una técnica vale más que mil técnicas¨. Y a continuación nos contaba una sencilla historia en la cual el héroe, cuyo nombre no he sabido retener, viajó hasta encontrarse con un maestro taoísta quien vivía aislado en una montaña y sabía sus buenos secretos. Luego de muchos rechazos por parte del taoísta y repetidos ruegos por parte del aprendiz, lo tomó a su cargo asignándole a cambio de su conocimiento la tarea de encargarse de la limpieza de la cueva en la cual ambos vivirían. El primer ejercicio que el sabio le asignó consistió en caminar alrededor de un pino centenario con ambos brazos extendidos hacia el tronco. Pasaron los días y el anciano sabio no le indicó ningún ejercicio más. A los días siguieron los meses y luego los años, y tanto había ejercitado el aprendiz que su caminata constante había cavado un pozo alrededor del árbol y a medida que giraba a su alrededor el árbol se inclinaba hacia él.
El proceso que un occidental hubiese realizado en horas, al aprendiz chino le tomó años por lo que tardó muchísimo en atreverse a preguntarle a su maestro si en alguna ocasión le enseñaría algún otro ejercicio. Como toda respuesta el maestro taoísta colocó un grueso tronco frente a él y le ordenó que lo rompiera con un golpe de su brazo lo cual el aprendiz realizó con una facilidad asombrosa. Como simple felicitación a su proeza el taoista le dijo: ¨Ya puedes irte. Te he enseñado todo lo que se¨. El aprendiz abandonó la montaña y nunca dejó de librar combates midiéndose con oponentes de distintos estilos a los que siempre derrotaba con su única técnica.
Una técnica vale más que mil técnicas, un libro vale más que mil libros, no puedes abarcarlo todo, no puedes poseer todo el conocimiento. Dedícale tu tiempo y tu energía a una sola cosa. Sé bueno en algo.