Para el ojo no avezado y el visitante inexperto Machu Picchu es como un laberinto por la cantidad de edificaciones. Uno siendo turista debe realizar varias visitas sucesivas como para poder ubicarse satisfactoriamente dentro del complejo por lo que aún me cuesta definir cómo describir el lugar donde aquella habitación estaba ubicada, por lo tanto no lo voy a hacer. Simplemente en un recinto había en el suelo dos afloraciones rocosas talladas por hábiles manos, una a modo de un lecho y de manera ergonómica, es decir para que la roca quedara cómoda al cuerpo. El otro tomado en algún momento erróneamente por un mortero, semejaba un ojo en donde el iris era una protuberancia en forma de aro de bordes perfectos.
El trabajo del guía de turno era dejarnos descansar unos instantes en el lecho y luego arrodillarnos frente al ojo de piedra colocando nuestra frente sobre el mismo para trabajar sobre nuestro tercer ojo.
En eso estaba sin nada en particular en mi pensamiento, cuando insólitamente tuve la imagen nítida de una compañera del grupo, pero ataviada de modo inusual y con joyas brillando sobre su frente. Me levanté intrigada pero inmediatamente desvaloricé la experiencia pensando que mi subconciente había realizado esa imagen mediante una superposición de estímulos: la combinación del lugar, el trabajo del guía y la elección de alguien del grupo al que pertenecía conformando una moderna sacerdotisa inca.
Lo interesante se presentó cuando al cabo de un breve tiempo ella se me acercó para comentarme que mientras yo hacía mi ejercicio en el ojo de piedra, se concentró en mi persona ya que se había quedado intrigada por el comentario de un chamán que me había advertido que debido a mi postura ante la vida yo había conformado a mi alrededor una especie de armadura energética. Por supuesto ella la vio…Y yo a ella.