Eran tiempos en que el Budismo se expandía por Asia como una oleada de aire puro y renovador. China, entusiasmada por la novedosa religión empezó a enviar monjes para que estudiaran y trajeran escritos como así también a importar especialistas desde la India.
Sumamente interesado que la corte se cultivara en los nuevos principios el emperador Liang Wu lo mandó traer ya que se lo habían recomendado ampliamente. Pero ambos tenían carácter muy fuerte y las personalidades chocaron desde el principio. Es que Tamo, cuyo verdadero nombre era Sardili, era a su vez un príncipe que había dejado los oropeles para vestir los humildes hábitos del budismo Mahayana, pero aún conservaba la autoridad de su linaje.
Parece que el enfrentamiento fue tan potente que para no matarlo, el emperador decidió destinarlo al Templo Shaolin, en la provincia de Henan.
A su llegada el estado físico de los monjes era lamentable porque dedicaban demasiado tiempo a la lectura de textos sagrados y a la meditación (en aquellos tiempos los monjes todavía no practicaban el arte del Kungfu). Y Tamo se enojó nuevamente.
Su enojo resultó tan fuerte que decidió internarse en una caverna para meditar y no salió sino nueve años después (que el nueve sea considerado el número de la perfección por la filosofía hindú es sólo un detalle). Durante su retiro escribió dos libros para el desarrollo de la fuerza, la energía y la salud. Vivió en el templo hasta su muerte en el año 540 d.c.
A partir de su actividad en China sentó las bases del Budismo Chang, el cual posteriormente daría origen al Budismo Zen. Se lo considera el primer patriarca de ambas religiones.