La ceremonia de cinto negro fue como si nos ordenaran caballeros de una vieja orden medieval. Arrodillados en fila esperábamos nuestro turno mientras Maestro Lin sentado en su silla tocaba el hombro del nuevo cinta negra aceptándolo finalmente, luego de varios años de duro entrenamiento, como su discípulo. Hasta entonces sólo éramos los hermanitos menores de una familia unida por una tradición y un conocimiento.
El discurso que cerró la ceremonia fue corto porque su costumbre por aquellos tiempos era la de hablar poco. Y recalcó mucho un concepto:
-Ahora ustedes como si blancos…
No hay nada mas vergonzante dentro de una escuela de kungfu que ser cinto blanco. Resalta sobre el traje negro el cinto pálido. Uno nada sabe del arte que va a aprender. No tiene idea de dónde pararse o qué hacer.
Las clases chinas no son tradicionalmente muy organizadas, sobre todo si el maestro tiene un muy buen número de alumnos, por lo cual éste generalmente se dedicará a sus discípulos más avanzados quienes estarán practicando indiferentes y altivos. El resto estará intentando aprender de otro que sólo sabe un poco más, sin estar demasiado seguro de si está haciendo las cosas bien o mal. Finalmente la revelación vendrá cuando el maestro decida dedicarle algún tiempo para corregir movimientos, lo cual realizará a palazo limpio. Y aunque el método parezca arcaico la corrección-golpe no se olvidará jamás.
Para cuando encontró el ritmo al estudio, adaptó el físico al riguroso entrenamiento, se acostumbró a la media lengua del maestro comenzando a entenderlo mejor, hizo su propio grupo de amistades dentro del instituto y logró que los cintas negras no lo vieran como un enemigo encubierto ya ostenta un cinto de algún color.
En mis tiempos de inicio no había mayor ofensa que presentarse ante un maestro chino con la intención de aprender algo más con frases como: ¨Yo ya sé Kung Fu¨, ¨Yo ya soy cinta negra¨, ¨Yo estudié con el maestro fulano de tal¨. Las reacciones del maestro en cuestión podían ser echarlo de muy mala manera de su escuela, o en el mejor de los casos no dirigirle la palabra ni mirarlo por un buen tiempo hasta que se ganara su confianza.
Volver a ser blanco implica estar abierto sabiendo que nada se sabe, sin tener prejuicio alguno por lo que se va a aprender, con la humildad del que tiene todo por hacer.
Volver a ser blanco implica estar dispuesto a repetir miles de veces una sola técnica con la simple intención de hacerla más o menos bien.
Volver a ser blanco significa simplemente estar constantemente dispuesto a aprender un poco más.