La figura pequeña envuelta en el habito color ladrillo se fusionaba con
el entorno de peñascos y cantos rodados.
Avanzaba a pasos cortos, rápidos, no por apurados sino por ágiles.
El demonio esperaba a la vera del camino. Alto, furioso, inquieto, reverberaba en su fuerza contenida dispuesta al ataque.
-Monje, no avances más. muéstrame tu poder y enfréntame. Si me vences podrás continuar el camino.
El monje ni lo miró, pero se detuvo.
Sus manos pequeñitas y tan ágiles como sus pies empezaron a tantear el hábito primero, para luego lanzarse entre los pliegues buscando vaya a saber qué.
– Y, qué esperas. qué estás buscando.
-En realidad hace mucho que esperaba este encuentro, tengo algo por aquí para darte.
Sistemáticamente sus manos continuaron entrando y saliendo de aquel hábito polvoriento. En tanto el demonio algo ofuscado y cansado de ver aquel movimiento monótono empezó a jugar distraídamente con algunos guijarros del suelo.
-Y monje. lo encontraste.
-Espera un poco más, debe estar por algún lado.
Las manos del monje prosiguieron su danza incomprensible y sólo se detuvieron cuando los ronquidos del demonio reverberaron más fuertes que su furia. Aburrido se había dejado vencer por el sueño.
Hubo un pequeño instante en que todo pareció detenido en el tiempo. Luego la figura pequeña volvió a su andar rápido y ágil y se perdió entre las rocas.
El mal puede ser desviado por un acto simple…