El invierno había llegado y aquel día desde temprano amenazaba con ser uno de los peores de la estación.  Por esa razón Espastos, el mago, recluido en su cabaña había organizado un día  de inacción. 
Estaba cómodamente sentado en su cama cubierta por gruesos cobertores fumando su pipa predilecta.  El fuego en el hogar ardía con una llama anaranjada producto de su alta magia, dándole al entorno un clima acogedor a la vez que cocía lentamente el mejor de sus guisos en la marmita de hierro.
Como contraste afuera el viento silbaba con fuerza y las ramas de los árboles golpeteaban entre si y contra el techo. Una cálida sensación de satisfacción lo invadió de pies a cabeza y se acomodó entre los almohadones como lo hace un gato viejo cuando se despierta y decide luego  seguir durmiendo.
Cuando escuchó que alguien llamaba a la puerta no lo pudo creer.  Guardó silencio con la esperanza de que el inoportuno se alejara mientras a modo de protesta mencionaba por lo bajo los nombres de todos los demonios conocidos.
Sin embargo el inoportuno no se alejó, por el contrario arremetió contra la puerta con todas las fuerzas de su puño.
-Espastos.  Necesito hablar con Ud. Vengo de muy lejos a ponerme a su servicio.
El mago maldijo a quien inició la tradición del discipulado. No era muy afecto a tener alumnos pero por un precepto de Alta Magia estaba obligado a transferir sus conocimientos a alguien y a poner a prueba a cuanto se lo solicitaran.
Con una mueca de dolor dejó la calidez de los cobertores y antes de abrir la puerta miró con pena el guiso que iba a disfrutar tranquilo y solo y que ahora tendría que compartir.
Cuando abrió la puerta y lo vio pensó que hubiese sido mejor no haberse dado por enterado y  no haber abierto.
Afuera, completamente mojado, colorado de frió lo esperaba un joven fino por los ropajes que llevaba.  Altivo, el fuego del orgullo y de la soberbia se colaba a través de su mirada, lo que hacía un tanto frío y hostil aquel rostro que podría haberse descripto como hermoso.
Efectivamente Abemus resultó ser no sólo un joven altivo y pretencioso sino también brillante y aplicado a su estudio.  Era fácil enseñarle porque tenía una gran memoria para los conjuros, sumamente meticuloso para preparar pócimas y una gran disciplina para sobrellevar las sucesivas pruebas a las que Espastos lo sometía a fin de afianzar su capacidad de concentración, fortalecer su determinación y suavizar sus defectos de carácter.
Al Gran Mago su discípulo comenzó a demandarle mucho de su tiempo y el poco que le quedaba apenas sí le alcanzaba para sus propios estudios e investigaciones.  El problema empezó debido a que la limpieza de la cabaña estaba cada vez mas descuidada y Abemus resultó pésimo para las tareas domésticas.  La Magia no podía usarse como recurso debido a que había sido creada para cosas mas importantes y aunque parezca mentira no resultaba realmente satisfactoria para quitar el polvo, por lo cual hicieron correr la voz en la región que Espastos necesitaba un mucamo.
Por eso fue que un día encontraron a  Railo en la puerta de la cabaña, y digo lo encontraron porque cuando llegó se distrajo observando cómo un caracol trepaba por una pared y se olvidó de llamar a la puerta.
A Espastos le gustaba mucho dar sus clases al aire libre, sobre todo los días soleados, y eso implicaba largas caminatas por los bosques.
Siempre, cuando llegaban, la cabaña estaba impecable, ordenada, la comida a punto aunque nunca llegaran a la misma hora y Railo indefectiblemente completamente perdido tras algo intrascendente que había captado su atención, una pluma, una lombriz, una gota a punto de caer de una hoja, el polvo que flota dentro de un rayo de luz, una grieta en el suelo, un liquen naciendo de una piedra, el fleco de una cortina, etc.etc.
Otra cosa significativa comenzó a pasar cuando empezó el invierno.  Espastos siempre usaba su magia para encender el fuego y hacerlo variar de intensidad según la necesidad amén de mantenerlo permanentemente encendido.  Cuando ya había pasado el primer mes de la temporada invernal cayó en la cuenta que no era él el que estaba manteniendo caldeada la cabaña.  Sabía que Abemus no era porque sólo le gustaban los trucos difíciles e importantes en sus efectos así que comenzó a ver a Railo con otros ojos y a sospechar que algo más se ocultaba detrás del distraído muchacho.
Con falsas excusas para no dañar la susceptibilidad de Abemus comenzó a requerir la presencia de Railo en las clases de magia y cayó en la cuenta que cuando a Abemus no le salían los trucos de alguna forma inusual era Railo quien los realizaba.
Lo más notable era que Railo como de costumbre no estaba atento ni a las disertaciones de Espastus ni al trabajo que se estuviera realizando, invariablemente algo lo distraía, pero en el momento oportuno decía: ABRACADABRA, y cualquiera fuese el truco este quedaba hecho.
El problema realmente llegó cuando Abemus se dio cuenta de lo que estaba sucediendo.
Comenzó a prestar atención a Railo a quien hasta el momento había ignorado por completo.  Luego comenzó a mirarlo con desconfianza y más tarde con rencor.  Un día estalló.
-¡Maestro! Cómo permite que ese insensato esté presente en sus clases. No ve lo que está haciendo, sólo quiere su atención.  Seguramente lo quiere distraer para que ud no vea las cosas que están desapareciendo de la cabaña, seguramente es un ladrón.  O quizá peor,  debe ser un mago encubierto esperando quitarle algún gran secreto.
-Nada de eso Abemus, he estado estudiando minuciosamente a Railo y el muchacho es un Natural.
-¿Un Natural?
-Si.  La Magia sólo es una forma artificial para lograr lo que algunos, unos pocos traen al mundo de manera espontánea.  Son dotados, como los hay en música, en pintura, en danza.  No necesitan estudiar, lo traen de otra vida o son elegidos por la mano de Dios.  Hay diferentes grados, de hecho algunos necesitan un poco de estudio previo para despertar a este estado.  Aparentemente Railo lo es de nacimiento.
-Pero yo estudié, me he sacrificado, he aceptado todas sus pruebas. Yo debo ser un gran mago y no él.  Échelo.
-Lo siento, yo enseño magia, y es está quien decide quien se queda y quien se va.
-Entonces yo me voy.
-Bien.
Y así simplemente fue como Abemus se fue.  No pudo tolerar que alguien a quien él consideraba inferior lo aventajara, decidió continuar su búsqueda  con algún otro maestro.  Espastos lo vio irse con resignación, sabía que su alumno aprendería mucho, quizás llegase a ser un mago muy importante, famoso, pero nunca un Gran Mago.   Al fin y al cabo le quedaba Railo, no para enseñarle magia precisamente, si para tratar su problema de atención.
A la mañana siguiente Railo se había marchado de la cabaña, seguramente distraído tras el vuelo de algún ave, los saltos de alguna liebre o siguiendo algún curso de agua producto del deshielo de primavera.
Espastos supo entonces que el muchacho no sólo era un Natural sino también un Catalizador.  Un Catalizador aparece en escena cuando hay conflictos subterráneos entre personas que deben salir a la luz y definir así situaciones. Luego se van, siempre se van.
Ni lerdo ni perezoso el Gran Mago buscó su mejor pipa, tomó su libro preferido y se fue a la cama para esperar entre los cobertores a  la primavera en todo su esplendor.