Estamos reunidos en Taiwan un grupo de practicantes de arte marcial chino con un maestro de acupuntura y terapias chinas, y seguramente de algo más. Es cierto, uno de nosotros habla muy bien taiwanes, pero aún así este maestro no parece sentirse demasiado a gusto con las visitas. Hace lo que muchos orientales, se muestra exageradamente hospitalario para no develar su intimidad.
Por lo tanto hará muchas cosas, pero no dirá casi nada. Nos llevará a almorzar a un restorante vegetariano muy elegante. Nos invitará a un templo budista e incluso nos mostrará su altar familiar dentro de su propia casa. Recuerdo la madera bordó y los platos cargados de frutas detrás de la humareda de los gruesos palillos de incienso.
Ya es tarde y debemos regresar. Nosotros, como practicantes siempre ansiosos de aprender alguna técnica supersecreta estamos entre aburridos y desilusionados con la visita.
Y en ese momento nos retiene un instante más y saca su servicio de té. A la clásica tetera y a los pequeños pocillos él le suma una gran pava y una suerte de plato hondo con un plato colador encima.
Coloca primero las gruesas y oscuras hebras de té en la pequeña tetera y la llena con agua caliente. Con el preparado llena los pocillos y antes que estiremos la mano para recibirlos los vuelca primero sobre la tetera tapada. Vuelve a llenar la tetera, los pocillos y tampoco los recibimos debido a que antes vuelca el contenido de uno sobre otros. Al tercer servicio uno esperaría recibir el ya tan ansiado pocillo de té. Pero no es así.
El operativo se repite tantas veces que empiezo a preguntarme si en algún momento finalmente tomaremos ese té.
Aquel de nosotros, que habla taiwanés, explica que el maestro prepara Kung Fu Cha. El primer servicio no se sirve porque el té es tan fuerte que no se puede tomar. Los demás servicios tienen una doble finalidad, por un lado que el agua y los pocillos lleguen a la temperatura adecuada; y por otro  que el té se diluya hasta el punto en que pueda ser probado.
El momento llega. Amarguísimo. Por supuesto el té chino se toma sin azúcar.
Por supuesto, no puedo dejar de hacer la analogía. La vida es una metáfora en desarrollo constante. Es parte de mi entrenamiento.
El maestro es el depositario del conocimiento. El conocimiento se desarrolla en el eterno brindarse. En el ejercicio de ese darse constante se va depurando tanto para los sucesivos discípulos como para el maestro mismo. Por lo tanto al conocimiento hay que darle tiempo, mucho tiempo para que madure en uno y en la forma de darlo a los demás.
Cierto es también que el conocimiento es un camino amargo. Será por eso que, según los cabalistas, los ángeles que guardan el conocimiento divino tienen una mirada muy triste.