Este año fue de muchos cambios, muchos comienzos. No llegaron resonantes ni diciendo acá estamos, por el contrario llegaron quedos y agazapados, gestados o en gestación.
A mi hermana se le agolpan los inicios y cosas nuevas se le aparecen en el horizonte de su vida cargados de expectativas. Por supuesto acude a contármelos y a participármelos con su montaña de asombro y duda.
A mi se me gatilla fácil el recuerdo de que siempre acudía a mamá para contarle mis proyectos y por supuesto nunca a papá. Él nunca fue un buen motivador de caminos nuevos porque siempre convocó las fuerzas de los imposibles y las causas anticipadas de la derrota.
Mamá por el contrario siempre exorcizaba el devenir.
Quizás por haber crecido en el campo sabía que la única posibilidad de la vida era crecer o morir en el intento. Quizás por no haber recibido tanta información intelectual eran más los sí que los no.
O tal vez por su propia historia. Dejando atrás el ranchito de barro y paja, las naranjas amargas que un día plantó, los caranchos, los cuices, y los crostios de su madre llegó a la ciudad. Trabajó en una fábrica, conoció a su esposo, tuvo sus hijas, su casa y una cocina para ella sola donde se cansó de amasar ravioles y hacer pastelitos en almíbar.
Un dìa le dije a mis padres: ¨Quiero hacer Kung Fu¨.
El viejo me dijo que me iban a pegar, que me lastimarían, que no era un deporte adecuado para una mujer y sólo lo revirtió cuando le traje el primer trofeo.
Ella ni bien lo supo me consiguió la dirección de mi primer maestro e incluso me acompañó a la primera clase. No conforme con esto al día siguiente le contó a todo el barrio que no se metieran con ella porque su hija la sabría defender.
Ahora me toca a mí exorcizar mis fantasmas y los ajenos.
Vamos, adelante, encaremos nuestros proyectos. Por ahí nos morimos en el intento. Pero…¿Y si sale bien?