Era muy temprano cuando lo vieron sentado en la estación Bolívar de subterráneos.  La gente pasaba a su lado y lo miraban de distinta manera debido a su extraño atuendo. Hacía mucho que no se veían hippies auténticos en Buenos Aires.  Si bien la moda había vuelto era eso sólo moda.  Este era auténtico.
Lo primero que lo delataba era la edad, debería tener unos cincuenta y tantos años.  El cabello y la barba muy crecidos, apenas peinados.  La vincha raída algo inclinada de un costado.  Los anteojos redondos, a lo Jhon Lennon coloreados de violeta,  una margarita pintada en la mejilla derecha (pintada y no tatuada lo que quizás fuera el detalle más significativo). El chaleco hindú, tan descolorido que había quedado amarronado por el paso del tiempo y que había perdido también unos cuantos espejitos de su adorno. El pantalón debió ser azul, tanto tiempo atrás, que ahora era gris.  Estaba totalmente descalzo, puesto que las sandalias habían desaparecido muchos años atrás.
Y no estaba sucio, estaba polvoriento, como una momia recién rescatada de su entierro ancestral.
Sobre el andén había desplegado una colección tan extraña de objetos que inevitablemente la gente se detenía a observar.
Había objetos de vidrio, otros de cerámica, algunos de madera, de metal.  Los había esféricos, cúbicos, antropomorfos, zoomorfos, pirámides.  Había también plumas, piedras, cortezas, hojas, flores y hasta pequeños animales disecados, especialmente insectos.
Estaban dispuestos sobre una colcha tejida a crochet, de esas hechas de a cuadraditos de lana de distintos colores,  y no paraba de cambiarlos de lugar, pasando cada uno de esos objetos de un lugar a otro como si se tratara de un gran juego de ajedrez.
A medida que las personas bajaban del subte prestaban atención al extraño ritual.  Unos se quejaban:
-Justo aquí señor, que no hay lugar.
Otros se intrigaban y preguntaban:
-¿Qué es un juego? ¿Es una obra de arte? No, el señor está loco, no tengo tiempo para perder en esto. Hey, circule por favor, por mirar lo que está haciendo ese roñoso estoy llegando tarde a la oficina.  No, mi amor, no ves que son artesanías para la venta, te compro alguna.
El hippie, imperturbable no respondía, no se quejaba, no se inmutaba, no dejaba de mover de un lado a otro los objetos que estaban sobre la manta.
Carlitos se había escapado de casa aquel día, muy temprano, después del desayuno.  Un padre ausente, una madre que trabajaba mucho, una abuela malhumorada y sobredimensionada de trabajo para su edad, dos hermanitos demasiados chiquitos.
-Te dije que cuidaras a tus hermanos, si algo les pasa la culpa va ser tuya.-  No aguantó más y se fue con lo puesto.  En vez de ir a la escuela siguió de largo y cuando tuvo frío se metió en el subte, pasaría allí la noche.
Como era la única persona que estaba quieta en aquel lugar se le sentó al lado.  El hippie no lo miró, no le preguntó nada, no lo corrió.  Instintivamente sabía que era bueno quedarse cerca de aquella persona, dormiría un poco más confiado.
 El último tren pasó y se llevó del andén a unos pocos pasajeros rezagados en la noche.
Y nada más.  Nadie los corrió.
Carlitos se apretujó de costado sobre su bracito derecho dispuesto a dormirse, así nada más sin comer nada y en ese preciso momento el hippie se quedó quieto. Suspiró hondo, cerró un instante los ojos y aplaudió una vez.
Carlitos aún no puede creer lo que vió.
Las piezas sobre la manta comenzaron una danza frenética sin que ninguna mano las tocara. Comenzaron a moverse velozmente de un lado al otro de la manta cambiando de posiciones unas con otras.
-Señor, ¿Ud. Está viendo lo que yo?
Como toda respuesta el hippie aplaudió otra vez y las piezas detuvieron su danza frenética para retomarla en sentido contrario y sólo se quedaron quietas cuando todas las piezas volvieron a su lugar inicial.
Carlitos estaba ahora sentado, los ojos muy grandes, la boca muy abierta.
– Hace muchos años, cuando yo era muy joven, el mundo lo era también. Viajamos algunos de nosotros a lugares lejanos. Yo fui a Nepal y allí un monje me enseño palabras secretas que producen milagros. Por qué a mi, no lo sé.  Tal vez simplemente para que tú vieras lo que hoy viste.  Estos objetos que están sobre la manta tienen cada uno una energía, como la tienes tú y la tengo yo.  Y también tienen una memoria, una historia, han viajado y guardan el secreto de su jornada, pero como todo tarde o temprano deberán  regresar a su lugar de  origen…Ya es tarde, es hora de que tú vuelvas al tuyo.
-Abandoné mi casa.
-Mal hecho, tu madre llora, tus hermanos ya te extrañan.  ¿No sientes acaso las oleadas de afecto que están llegando hasta ti.?
-No, no lo siento.
-Porque pusiste tu atención sólo en tu ser y no prestaste atención a lo que te rodea. Bueno, basta, levantemos todo esto y volvamos a casa.

Salieron al frío de la noche que les pegó duro en la cara.  El hippie lo acompañó unas cuadras y sin decir nada dobló en una esquina para perderse en la noche.
El retorno fue mucho mas grato de lo que se esperaba, no hubo reproches. Sólo abrazos y besos, apretujones, un café con leche bien caliente. Una cama con colchas de lanas tejidas por la abuela. Cerró los ojos y en sus sueños él era una pieza más en la manta vieja moviéndose interminablemente junto con las demás piezas.
Carlitos volvió muchas veces al andén buscando a su amigo hippie. Por supuesto jamás lo volvió a ver. 
Aprendió otra lección, algunas experiencias se dan en la vida sólo una vez.
 

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