Luis marcha como tantos días con su enorme canasta cargada de productos del almacén de su padre. Por supuesto, con sólo siete años la canasta es más grande que él. Al lugar al que  va, le interesa ir.
La señora dueña de la casa es una curandera como tantas otras del pueblo, pero es sin duda la más visitada. Sin embargo ese día o no trabaja o no tiene clientes. Tiene tiempo.
El saloncito de estar no está cargado de imágenes extrañas ni decoraciones extravagantes. Sólo unas mesitas a las que hay que acercarse para ver en detalle su contenido. Su mano sobre el hombro del chiquillo trata de infundirle confianza, de acompañar su curiosidad natural con afecto.
-¿Ves? acá tengo gente que necesita cosas que lleguen a su vida, por eso esto que ves son piedras imán, para atraer.
El chiquito no sabe mucho, pero aún a él lo sorprende con cierto desagrado las fotos con alfileres. La mano sobre el hombro siente la tensión del cuerpecito. Prontamente le aclara.
-No, no es para hacer mal. Por el contrario se trata de gente a la cual la están dañando. Los alfileres marcan los lugares donde están siendo afectados. Yo los voy retirando todos los días un poquito. (y mientras explica con sus dedos regordetes extrae unos milímetros el alfiler) Así, poco a poco los voy sanando.