En medio del torneo nos ofrecieron la oportunidad de quedarnos unos días más en Taiwan y hospedarnos en el gimnasio de un maestro de Kung Fu de linaje. Es decir que tenía como prestigio pertenecer a una familia que por cuarenta generaciones había practicado y enseñado el arte marcial chino.
Nosotros no éramos pretenciosos, simplemente que nos permitieran quedarnos  y aprovechar unos días más en la isla era más que suficiente pero sabíamos el valor de la propuesta. Conocer un maestro de linaje es como sacarse la lotería ya que muchos de estos terminaron asesinados durante la revolución cultural china.  El poder no puede convivir con ciertas cosas: el misterio, el conocimiento, y aquello que otorga independencia y autonomía al individuo.
La angosta puerta daba lugar a una escalera sombría que descendía a un sótano que poco tenía que ver con lo que habíamos imaginado. Nuestro gimnasio en Argentina era prácticamente un Palacio Chino comparado con este.
Sólo el armero con la clásica colección de lanzas tipificaba el lugar. Enfrente de él el aparador guardaba copas y trofeos cubiertos por una gruesa capa de polvo que impedía leerlos.
Salió a recibirnos de su habitación. Alto, el cabello muy cano, de contextura fuerte y piel manchada por la edad. Sencillamente vestido, su andar ágil y elástico no revelaba sus ochenta años.
Maestro de Tan Lan, el estilo del boxeo del mantis, preparaba unos pocos alumnos del país, pero recibía periódicamente alumnos de todo el mundo deseosos de conocerlo y aprender algo de él. Norteamericanos, franceses, portugueses, sudafricanos presentaron sus respetos, aprendieron algunos movimientos y marcharon dichosos a sus países de origen.
En medio del salón, sin alfombra, sólo un piso de cemento enseñaba su estilo y se daba el lujo de bromear con sus alumnos, y especialmente con los argentinos a los que les costaba estar despiertos a las seis de la mañana para practicar Tai Chi en el parque. Esos argentinos displicentes y  bulliciosos que un día se pusieron a limpiarle a fondo casi todo el sótano y correteaban a los alumnos mas pequeños con rodajas de pan chino con dulce de leche que los chiquitos por temor se negaban a comer.
El calor, las prácticas diarias y nuestras salidas nos obligaban a tomar una que otra siesta. Por eso aquel día, en el silencio del salón resonaban los golpes. Raro, porque no habíamos presenciado ninguna práctica de combate. Nos asomamos.
El haz de luz que se prolongaba desde la escalera los alumbraba. En el salón en penumbra un muchacho chino de pie, en posición de ataque pero  inmóvil. A su alrededor el maestro giraba golpeando con fuerza con sus puños piernas, espalda, pecho, abdomen. El muchacho recibía esos golpes sin realizar ningún gesto ni emitir ningún sonido.
Aquel de nosotros que más sabe explica. El maestro conoce meridianos, puntos, plexos. La forma en que la energía fluye y se atasca o se concentra por la práctica. Los golpes desbloquean, dirigen, fortalecen. Transforman el cuerpo del mejor de sus alumnos en una armadura y potencian la fuerza de los músculos.
En la penumbra el maestro sigue golpeando como un escultor tallando la piedra.