El río fluía  dramáticamente crecido por  la lluvia copiosa que caía desde hacía días.
A la vera el taoista contemplaba los torbellinos de agua como quien ve un ave volar en el cielo.
La gente a su alrededor se agarraba la cabeza cuando entre  las aguas furiosas veía pasar los saldos de la destrucción.
De improviso, el taoista saltó al agua con la misma presteza que lo haría un pez al ser retornado a su elemento.
Algunos quedaron en la orilla aturdidos, otros intentaron peligrosamente acercarse a la orilla para socorrerlo, la mayoría se preparaba para verlo ahogarse rápidamente.
Por momentos lo vieron emerger, con el rostro impávido cabalgando sobre alguna piedra arrastrada por el torrente.
También lo vieron sumergirse sin realizarse ningún pedido de ayuda o ademán alguno que mostrara su desesperante situación.
En dos o tres oportunidades lo vieron girar en algún remolino con una expresión de extraña felicidad en su rostro.
Todo fue tan vertiginoso que casi no se dieron cuenta como había llegado a la otra orilla con las ropas totalmente secas a las que apenas sacudió como si quisiera quitarse una pequeña mota de polvo. Saludó alegremente con una mano y siguió su camino.
Por supuesto nadie intentó imitarlo.
Sólo un taoísta auténtico puede sumergirse en el Tao y salir ileso.
Sólo un taoísta auténtico sabe flotar cuando hay que flotar y hundirse cuando hay que hundirse.
Los demás sólo nos rebelamos a hacer lo que hay que hacer en el momento preciso atentando contra la naturaleza de nuestros ciclos y perdiendo la mayor parte de nuestras oportunidades.