El grupo avanzaba torpemente dentro de la gruta. Pese a lo bien equipados no podían evitar chocar aquí y allá con algún saliente de la roca o resbalar en el fango del piso. Pero a pesar de lo apremiante de la situación el grupo estaba determinado y avanzaba resuelto en busca de su tesoro.
De tanto en tanto descansaban para intentar recuperar el aliento, a pesar de lo sofocante de la atmósfera, y para rever los mapas.
Los mapas…
Habían sido encontrados en un bazar en Bombay en un jarrón ming rescatado de algún naufragio o botín de algún pirata. En su interior fueron descubiertos un manojo de cueros de jack pintados con caracteres mongoles.
El primer mapa describía el periplo de un príncipe desterrado desde la frontera del desierto del Gobi hacia el Nepal. De hecho y salvo por este último detalle no revestía mayor importancia.
El segundo mapa mostraba el acceso al monasterio y la entrada a la gruta que éste ocultaba, por lo tanto su información era preciosa.
El tercer mapa describía con detalles milimétricos el camino en el interior de la gruta y anunciaba un tesoro, el cual estaba descrito como un sutra y para poder descifrarlo fue necesario consultar a un experto en budismo, el cual fue muy sincero:
-Este mapa describe el camino hacia un gran tesoro. Un gran diamante del tamaño de un pomelo, facetado en 108 caras perfectas como las lágrimas de un Buda. Pero les advierto, su dueño sólo será aquel que demuestre tener un corazón puro.
Los expedicionarios se encontraron frente a un gran dilema, determinar cuál de todos ellos tendría un corazón puro. Pero pronto desecharon esta preocupación pensando que se trataría de una sentencia para ahuyentarlos o velar la verdadera prueba con la que se encontrarían al hallar el tesoro, si es que éste realmente existía.
Por las dudas, decidieron llevar al abad del monasterio en el equipo, a pesar de las excusas que este esgrimió.
Luego de arrastrarse por los pasadizos arribaron a un salón tallado en la roca viva y sobre un pedestal al brillo de las luces del equipo irradiaba su belleza el enorme diamante.
Los más ambiciosos se abalanzaron sobre la piedra pero pese a los esfuerzos no pudieron retirarlo de su sitial. Una vez pasado el arrebato dejaron forzadamente el turno a los únicos tres que se habían quedado enmudecidos contemplando la escena.
-Abad, usted primero- invitó el jefe de la expedición.
Este posó sus manos pero su intento fue inútil.
-Yo lo sabía, mi ambición por el conocimiento y por sobresalir gracias a él de entre mis pares me lo impide.
El siguiente fue el turno del más pequeño del grupo, que también fracaso, simplemente no había llegado a la piedra porque el resto en su forcejeo se lo había impedido.
El último era un aventurero que se les había unido en Nepal, quien acostumbraba a sumarse a cuanta empresa arriesgada le permitía ampliar horizontes.
La piedra pareció saltar del sitial hacia sus manos. El aventurero sonrió y la devolvió al pedestal con la delicadeza de quien culmina una obra de arte.
-¡Pero qué hace!-dijo el jefe de la expedición- vuelva a tomarla y llevémosla con nosotros.
-Imposible-dijo el abad.-la intención sería otra.
-¿La intención? ¿Pero en qué esta pensando ud. cuando la tomó?-preguntó el jefe al aventurero.
-Yo sólo quería saber si tenía puro el corazón.