Los datos caen como fichas y se agolpan sobre nuestros miedos. Son reales, son ciertos, están aquí y aún así quizás no logramos tener conciencia del cuadro completo.
La Tierra arde, se recaliente y se asfixia. Y a la vez se inunda y se ahoga. Y con ella nosotros que no aprendimos a escuchar sus ritmos, sus tiempos, sus ciclos.
Habrá sed porque la mayor cantidad de agua dulce no fluirá por los ríos sino que se precipitará en el océano.
Habrá hambre porque las cosechas serán destinadas a producir biocombustibles, bioplasticos porque importará más fabricar una pantalla de PC biodegradable que alimentar pobres niños famélicos.
Habrá enfermedad, nuevas y arcaicas. Poca lluvia para purificar la atmósfera. Demasiado calor que facilite la reproducción de microbios, virus, bacterias. También bacilos sintéticos, de esos que de tanto en tanto son fabricados y liberados en el mundo a ver qué pasa.
Habrá más violencia. El hombre se enloquecerá aún más por la droga, la última moda, confort, consumo y escape hacia ninguna parte.
¿Se volverá fatalmente la tierra un infierno?
Si. Tal vez ya lo es.
Sin embargo, una vez soñé, o tal vez lo vi, o tal vez lo intuí.
Soñé con pequeñas comunidades. ¿De cuantos habitantes? No lo sé. ¿De cuántos habitantes? Lo ignoro. Sólo se que estaban aquí y allá como salpicones en un mapa. Aisladas y a la vez intercomunicadas entre si. ¿De qué manera? No tengo idea, pero veía los hilos que enlazaban a una con otra. ¿Remansos de paz en medio del desastre o restos sobrevivientes de una humanidad colapsada? Tal vez ambas posibilidades.
Alguien me dijo una vez que las comunidades habían demostrado ser un fracaso allá por los 70.
Tal vez si, tal vez no era el momento.